Robert Jensen: El porno saca lo peor de los hombres y hace lo peor a las mujeres.



Traducción por Ana. G. Aguilar

NOVIEMBRE DE 2021

POR ROBERT JENSEN
Mi tesis: la industria de la pornografía hace lo peor a las mujeres y saca lo peor de los hombres.  Déjame explicarte esta afirmación.

Soy un profesor jubilado de la Universidad de Texas que comenzó a estudiar la industria de la pornografía en 1988, lo que llevó a una tesis doctoral, artículos académicos y tres libros sobre el tema.  Las conclusiones a las que llegué en mi trabajo académico sobre los daños de la pornografía me llevaron a contribuir al movimiento feminista anti-pornografía, enfocándome en organizar eventos de educación pública y escribir para el público en general.  Estas actividades académicas y activistas están conectadas: cada año, se publica más y más investigación académica en psicología y sociología que valida las ideas de ese análisis feminista, lo que hace que el movimiento social sea más importante que nunca.

Hoy quiero hablar sobre la centralidad de la crítica feminista para entender la pornografía, en el contexto de una crítica feminista más amplia de la explotación sexual y la violencia masculina.  Hago hincapié en esto por tres razones.

Primero, hay «feministas» que defienden, e incluso celebran, la industria de la pornografía.  En lugar de enfrentarse a la explotación sexual de las mujeres que está en el corazón de la industria, estas feministas afirman estar defendiendo a las «trabajadoras sexuales» o apoyando la «expresión sexual».  La industria de la pornografía no trata a las mujeres en ella ni siquiera con la mínima protección que debería otorgarse a los trabajadores, porque la explotación está en el centro tanto del “entretenimiento” que producen como del proceso por el cual se produce.  El modelo de negocio de la industria nunca promoverá una expresión que sea consistente con el florecimiento humano.  Es crucial desafiar al feminismo pro-pornografía con una crítica que ha sido desarrollada por mujeres en el movimiento feminista anti-pornografía, que incluye a muchas sobrevivientes de las industrias de explotación sexual.

En segundo lugar, hay otros críticos de la pornografía que trabajan desde marcos conservadores y religiosos.  Si bien hay algunos valores compartidos y argumentos similares formulados por críticas feministas y conservadoras, el análisis feminista es parte de un desafío y una resistencia más amplios al patriarcado, un sistema de dominación masculina institucionalizada.

En tercer lugar, es importante que los hombres apoyen una crítica de la pornografía basada en el feminismo.  Un número cada vez mayor de hombres rechaza el uso de la pornografía debido a los efectos negativos en su propia imaginación sexual y en su vida sexual, especialmente cuando están atrapados en patrones adictivos.  Esta autoconciencia es un desarrollo positivo, pero solo un primer paso.  Los hombres tienen la responsabilidad de unirse a un movimiento feminista que pone el daño a las mujeres y los niños en el centro de una crítica a la pornografía.

La frase «Explotación sexual comercial» en el título de esta investigación es crucial, porque mantiene el foco en la realidad de las experiencias de las mujeres.  El término «industria del sexo», comúnmente utilizado por los partidarios y apologistas de la pornografía, oscurece la naturaleza del intercambio.  La pornografía, junto con la prostitución, los desnudos, los salones de masajes, los servicios de acompañantes, tratan fundamentalmente de que los hombres compren y vendan cuerpos femeninos cosificados por placer sexual.  Por eso utilizo el término «industrias de explotación sexual» para nombrar con precisión el modelo de negocio.  Mis colegas en este panel, Gail Dines, Clare McGlynn y Laila Mickelwait, explicarán los daños que resultan de estas industrias y sugerirán opciones de políticas que ofrecen las mejores esperanzas de justicia.

Llegué a este entendimiento más tarde en la vida.  Cuando era joven, tenía puntos de vista liberales a favor de la pornografía y me burlaba de una crítica feminista que realmente no entendía.  Pero cuando usaba pornografía, siempre me sentía inquieto.  En cierto nivel, creo que sabía que vincular mi propio placer sexual con el uso de cuerpos femeninos objetivados estaba en desacuerdo con mi mejor yo.  Luego me encontré con la crítica feminista, expresada con más fuerza por Andrea Dworkin en su innovador libro Pornography: Men Possessing Women.  Dworkin y otras feministas no solo desafiaron mi política liberal superficial, sino que también hablaron de mi relación incómoda con las normas de masculinidad dominantes de la cultura, que se expresan tan descaradamente en la pornografía: la obsesión por el control y el objetivo de la conquista.

En aquel entonces, la crítica feminista era un análisis convincente del mundo pornográfico anterior a Internet.  Más de cuatro décadas después, la constante intensificación del sexismo y el racismo en la pornografía hace que ese análisis sea más convincente que nunca.  Pero en ese mismo período de tiempo, la crítica feminista ha sido constantemente empujada a los márgenes de las instituciones liberales, especialmente las universidades.

Creo que este rechazo ideológico de un análisis tan convincente es el resultado del miedo y la negación.  El miedo es una reacción comprensible a lo intensamente cruel y denigrante que se ha vuelto la pornografía.  Puede ser aterrador ver cómo el abuso de mujeres se ha convertido en entretenimiento sexual de rutina.  La negación es de cuán profundamente arraigadas en la vida cotidiana, incluida nuestra vida sexual, están las normas sexistas del patriarcado.  La negación de la brutalidad de las industrias de explotación sexual tiene sus raíces en el miedo a lo que una crítica feminista revela sobre todas nuestras vidas, desde la política global hasta los espacios más íntimos de nuestras vidas.

Mi último punto: una crítica feminista de las industrias de explotación sexual es, para mí y para las feministas con las que he trabajado, parte de una crítica expansiva de todas las formas de poder que son tan rutinariamente abusadas.  Los activistas del movimiento para desafiar la explotación sexual comercial también destacan los abusos de poder en todas las formas que nos rodean: racismo, desigualdad económica y explotación global, militarismo, degradación ecológica.  Una crítica feminista de la pornografía no está separada, sino que es parte de una crítica progresista / ecológica más amplia de las concentraciones ilegítimas de poder.

Para unirlos, concluiré citando a mí mismo, de mi libro El fin del patriarcado.  Sugiero que hagamos una pregunta básica cada vez que nos encontremos con una nueva idea, proyecto político o propuesta de política: “¿Es posible que esto ayude a las personas a crear y mantener comunidades humanas estables y decentes que puedan permanecer en una relación sostenible con el mundo viviente en general?  «

Basándome en más de tres décadas de investigación y activismo, puedo afirmar sin vacilación ni reservas que la pornografía y las otras industrias de explotación sexual son un impedimento para comunidades humanas estables y decentes.  La práctica de los hombres de comprar y vender cuerpos femeninos cosificados por placer sexual es incompatible con el florecimiento humano.

Los defensores de la pornografía suelen responder con: «Bueno, si no te gusta la pornografía, no la mires».  De hecho, muchas personas optan por no verla, pero nadie puede escapar de una cultura cada vez más pornográfica.  Elegir no ver pornografía no elimina los daños creados por una industria que hace lo peor a las mujeres y saca lo peor a los hombres.

[Esta es una versión ampliada del testimonio entregado al Grupo Parlamentario de Todos los Partidos del Reino Unido sobre Explotación Sexual Comercial, 2 de noviembre de 2021.]

Robert Jensen es profesor en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Texas en Austin y autor de The End of Patriarchy: Radical Feminism for Men.  Puede ser contactado en atrjensen@austin.utexas.edu o en línea en http://robertwjensen.org/.

Publicación original: https://www.counterpunch.org/2021/11/05/pornography-doing-the-worst-to-women-bringing-out-the-worst-in-men/

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La cultura de la violación, por Alda Facio Montejo


Leyendo varios documentos para un artículo que estamos escribiendo mi maravillosa asistente especial, Anya Victoria y yo sobre la tortura sexual contra mujeres, me llamó la atención que en varios documentos, antes de describir el fenómeno de la tortura sexual, se hablaba de que ésta se daba en una cultura que las y los autores llaman “rape culture” es decir, una cultura de la violación en la que no solo se tolera la violación sexual, sino que se promueve de muy distintas formas.

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Esta cultura se fundamenta en un conjunto de creencias que fomentan la agresión sexual masculina y apoyan la violencia contra las mujeres. En este tipo de culturas la violencia es entendida como sexy y la sexualidad como violenta. En una cultura de violación tanto hombres como mujeres asumen que la violencia sexual es un hecho de la vida, natural e inevitable. En esta tipo de culturas, las mujeres vivimos un continuo de violencias que van desde “piropos callejeros” pasando por comentarios sexuales, acoso u hostigamiento sexual en la calle, el trabajo o lugar de estudio, tocamientos sexuales, abusos sexuales y muchos más hasta llegar a la violación sexual en sí. Paradójicamente, uno de los elementos que conforman el delito de la violación sexual en todo el mundo es precisamente la falta de consentimiento de la víctima pero en las culturas de violación, que existen en todo el mundo, donde se tolera la violencia física, emocional y psicológica contra las mujeres como norma, este elemento del delito es generalmente dejado de lado.

Esta subcultura patriarcal que estoy llamando “cultura de la violación sexual” incluye bromas, canciones, telenovelas, publicidad, jerga legal, leyes, decisiones judiciales, palabras e imágenes que hacen que la violencia contra las mujeres y la coerción sexual parezcan tan normales que la gente cree que la violación es inevitable.

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En lugar de considerar la cultura de la violación como un problema que tenemos que solucionar, transformando esa cultura, las personas en una cultura de violación piensan que la violación es parte de la sexualidad masculina y por ende natural. Sin embargo, sabemos que muchas de las expresiones de valores, actitudes, prejuicios y estereotipos patriarcales que habían sido entendidos como inevitables, como por ejemplo que las mujeres podemos estudiar sin volvernos estériles, las hemos logrado cambiar.

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En varios de los documentos que hemos estudiado, me llamó sobremanera el descubrimiento que han hecho investigadoras/es diversas/os de que mientras la palabra ‘violador’ no apareciera en los cuestionarios que las y los investigadores utilizaron, los hombres se sentían cómodos respondiendo ‘sí’ a preguntas como: ‘¿Alguna vez ha tenido relaciones sexuales con una mujer adulta sin su consentimiento? o ¿Alguna vez amenazó con usar la fuerza física para lograr tener relaciones sexuales con una mujer? o ¿Ha tenido relaciones sexuales con una mujer que estaba demasiado ebria para saber qué estaba pasando? Y otras preguntas parecidas. El que estos hombres aceptaran que han cometido el delito de violación sin darse cuenta que eso era lo que estaban haciendo refuerza mi idea de que en una cultura de violación, los encuestados no saben que en esas preguntas estaba implícita una descripción del delito de violación sexual. Estos hombres que admitían haber tenido relaciones sexuales no consensuadas ni siquiera trataron de justificarse afirmando que se había producido un malentendido. Al contrario, sabían muy bien que sus víctimas no estaban dispuestas pero se creían con derecho a ejercer su sexualidad masculina sobre ellas.

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La ex actriz porno S.L. siendo violada de verdad en una escena no consensuada

Me parece que de estas respuestas podemos deducir que el problema con estos violadores es que viven en una cultura diseñada con muchísimo dinero por la industria del sexo que la fomenta en el cine, los chistes, la televisión, la pornografía, la glorificación de la prostitución y hasta por aquí en Facebook.

Alda Facio Montejo