El porno feroz


La misoginia como espectáculo

 

En el porno del siglo XXI, el sexo es sólo una coartada para la violencia[1]. Amparada tras un arsenal de argumentos falaces, victimista hasta el paroxismo, la pornografía amplía su campo de batalla mientras reduce la condición humana de la mujer y pulveriza su dignidad[2]. Impulsado por una insaciable ansia de ofrecer “todavía más”, el porno se ha convertido en una maquinaria universal de propaganda misógina. La debilidad de sus detractores (y la habilidad del mundo porno para descalificarlos) ha conducido a una situación paradójica, en la que el porno se presenta y se acepta como valedor y defensor del sexo, cuando el sexo, ya lo hemos dicho, no es más que una coartada para ejercer (sin penas) y promulgar (entre aplausos) un modelo machista brutal y extremo. Este alegato contra el porno, contra la aberrante evolución que ha sufrido la representación y exhibición de escenas sexuales, contra la propuesta de un sistema único de relaciones sexuales basado (y complacido) en la conducta violenta y en la actitud despectiva contra las mujeres, es una reflexión desordenada y confusa, alarmada y dolorosa, que se enfrenta, sobre todo, al silencio que la sociedad mantiene sobre este asunto.

PRÓLOGO (‘BLOW JOB’)

La primera vez que fui a ver una película porno (Educating Mandy) junto a varios amigos, a la sala X de la Corredera Baja de San Pablo, en Madrid, comprobé que, efectivamente, aquello “podía herir mi sensibilidad”: ¿cómo era posible tratar así a las mujeres? ¿Cómo se podía ser tan zafio y machista? Y, sobre todo: ¿cómo podía plantearse que algo así se pudiera filmar y exhibir? ¿Cómo estaba permitido? ¿Cómo podía tener público? Salí conmocionado de la sala… y también tremendamente excitado. De vuelta a casa manifesté convencido que nunca más iría a ver semejante barbaridad, criterio que compartieron mis compañeros de aventura, pero pocas semanas después todos nos enganchamos irremisiblemente al porno.

Vista hoy, aquella película parece una nadería comparada con las brutalidades habituales que caracterizan a la producción pornográfica actual. Al fin y al cabo, en aquellos polvos sólo había unos tipejos asquerosos y groseros que trataban con desdén y sin respeto a varias chicas jóvenes y bellísimas. De haberse filmado hoy, Traci Lords, Christy Canyon y compañía, además de todo tipo de insultos, se habrían llevado varios escupitajos en la boca y en los ojos, habrían recibido unas cuantas hostias, les habrían abierto el culo hasta el límite y habrían sido forzadas a vomitar tras atragantarse con las pollas de sus compañeros de reparto, quienes habrían acabado meándose sobre ellas. En fin, lo normal. Sí: lo normal: eso es lo que ocurre en la inmensa mayoría del porno del siglo XXI, el que anuncian y emiten todos los días Digital Plus y las televisiones locales, el que recibe premios y aplausos, el que protagonizan estrellas del espectáculo como Rocco Siffredi o Nacho Vidal. Ése es el porno que se ha instalado en nuestras pantallas, en nuestras casas, en nuestras conciencias.

INTRODUCCIÓN

La pornografía se ha convertido en un tabú, no por inconfensable, sino por intocable. No hay quien que hable en su contra, algo realmente sospechoso, ni síntomas de preocupación o protesta ante la evidencia que la pornografía es un instrumento universal y eficacísimo de propaganda de la misoginia, un aparato reaccionario y fascista que ha reducido, caricaturizado y secuestrado el sexo, una herramienta que publicita y vende un modelo basado en el desprecio de la mujer. Es algo obvio, palpable, pero no hay nadie que levante su voz contra esta arma de destrucción machista[3]. Todavía se sigue considerando a la pornografía como algo vinculado a la libertad sexual, por mucho que se muestre y demuestre ser un mecanismo de desigualdad, discriminación y agresión.

La pornografía del siglo XXI ha seguido un proceso de expansión, legitimación, normalización y radicalización. Se ha producido la pornificación de la sociedad: la pornografía ha entrado masivamente en los hogares a través de la televisión y, sobre todo, de internet y ha penetrado con fuerza en las conciencias y en las costumbres. El porno se normaliza (se hace normal) y a la vez normaliza (impone las reglas de) un modelo de relaciones sexuales basado en la celebración del sometimiento de la mujer, de su reducción a objeto de placer y fuente de satisfacción sexual.

La pornografía se muestra inmune a las críticas por su habilidad para situarlas (y así descalificarlas) junto a compañeros de viaje tan indeseables como los ultraderechistas y los fundamentalistas religiosos. También junto a las feministas, cuya indispensable labor ha sido ridiculizada con saña y sin pausa. Sin embargo las teorías y argumentos de las feministas de los años setenta[4] están más vigentes y son ahora más necesarios que nunca. La pornografía es hoy un paraíso fiscal de la delincuencia del sexo, y alimenta directamente graves problemas sociales como la violencia de género, el proxenetismo, el tráfico de personas, la pederastia y la lamentable educación sexual de varias generaciones. Si la pornografía sitúa a quien la critica junto a fanáticos políticos y religiosos, sus defensores se colocan al lado de los verdugos, violadores, ejecutores y filonazis del sexo.

Ésta es la pornografía del siglo XXI[5]. Esto es el porno, esa manera familiar y amistosa de nombrar la pornografía. El porno ha secuestrado valores como la libertad sexual, la diversidad sexual y hasta la libertad de expresión. El secuestro opera en una doble vertiente: proclamarse como abanderado fundamental de estos valores para después retirarlos del espacio público. Esta labor, aparentemente contradictoria, tiene sin embargo una explicación muy coherente: el porno elimina esos valores porque, en realidad, van en contra de su esencia (reaccionaria, reductora y absolutista) aunque los encarne demagógicamente por razones de legitimidad y de marketing. La estafa, por evidente, no deja de ser eficaz, y así se constata cotidianamente en la propaganda que el porno hace de sí mismo y en el amplio y creciente calado acrítico que su mensaje tiene en la sociedad. Lo que ha secuestrado el porno, puede afirmarse, en fin, es el mismo sexo, sustituyendo su riqueza por una normativa rígida y unidireccional de entender las relaciones sexuales.

El mundo, pues, ya es pornográfico. La vida es pornográfica. El sexo es porno. Sólo porno. El porno ya no es una representación del acto sexual. Es el acto sexual. Y por acto sexual se entiende cualquier cosa que produzca placer al hombre. Al hombre. Cualquiera. Todo lo que excite al hombre (al hombre) es pornográfico y, como tal, adquiere el visado que otorga el sexo y que impide la posibilidad de ser analizado o criticado. En el deformado nombre de la libertad de expresión y en el manipulado anhelo de la libertad sexual se cometen delitos constantes que conforman una propaganda universal respecto a la manera de entender (y practicar) el sexo. Se cometen delitos que se graban y se exponen y se venden con esa coartada sexual, con esa patente de corso del sexo, con esa protección garantizada por la inmunidad de la pornografía.

RADICALIZACIÓN (‘EXTREME SEX’)

¿Se puede hablar de radicalización del porno cuando ya en junio de 1978 la revista Hustler publicaba su famosa portada de una mujer triturada por una máquina de picar carne?[6] Lamentablemente, la respuesta es sí. No sólo porque esa idea ha sido recogida y multiplicada por decenas de webs porno (Meatholes sería el ejemplo más próximo) sino porque su mensaje ha pasado del chiste a la realidad, del montaje al hecho, de la ficción a la ejecución.

El porno se construye y radicaliza sobre la evidencia de que la mujer sigue estando en una situación de inferioridad universal[7] y es, por definición, abusivo, tramposo y amenazante. La descripción que hace el documentalista Stephen Walker de su encuentro con el magnate del porno Max Hardcore es realmente espeluznante, y define a la perfección cómo se las gastan en este negocio.[8]

La radicalización del porno abunda en su planteamiento como caza, tortura y castigo… Se hace una sola pregunta, obsesiva, definitiva: ¿qué más se le puede hacer a una tía? O, lo que es lo mismo: ¿Cómo se puede degradar y humillar más a una puta? El hastío, generado por las propias limitaciones de la representación sexual, sólo sigue esta vía compulsiva: más y más fuerte, más y más duro, más y más extremo. Podían plantearse otros caminos, pero no: la carrera, la lucha, la obsesión, es avanzar en la destrucción de la mujer, y se celebran y aplauden (y son rentables) ocurrencias como tratar a las mujeres como urinarios (Human Toilets), hacerlas vomitar (Gag On My Cock), abofetearlas (Slapp Happy), eyacular dentro de sus ojos (Pink In The Eye), asfixiarlas, escupirles, peerse en sus bocas y un sinfín de modalidades de vejación que son publicitadas y ofrecidas como atrevidas, innovadoras o incluso humorísticas.

No hay lugar para el buen rollo o el afecto o simplemente, la humanidad, se postula la complicidad misógina y la camaradería macho, se adoran los atributos viriles y se destruyen los femeninos, y el lenguaje es tan limitado como insultante. La pornografía tiene ya mucho más de violencia que de sexo. Es más: si una escena sexual no contiene cierta dosis de violencia (verbal, física, actitudinal…), difícilmente será considerada pornográfica.

Desde hace tiempo y cada vez más, el porno ya no es la representación de escenas sexuales, sino la grabación y exposición pública de esos actos y cuanto más crudos (menos cocidos: menos preparados: más realistas) y violentos, mejor. No hay ya lugar para la representación, de modo que el porno se halla genérica y esencialmente mucho más cerca de las grabaciones caseras y de las palizas, humillaciones y actos delictivos grabados en móviles para su posterior exhibición (en el móvil, claro, pero sobre todo en internet, espacio libre, alegal y amoral como principal pantalla)[9].

El porno crea, recrea y transforma al espectador a través de la destrucción del objeto sexual. La ley de la pornografía crea y transforma (al hombre, el espectador) mientras destruye (a la mujer, el objeto). La fórmula ideal exige que el objeto destruido sea bello, pero si hay que elegir entre belleza y destrucción, el porno se inclina por lo segundo: es preferible que el objeto sea menos bello siempre que sea más destruido[10].

La radicalización del porno afecta también al estatus de sus protagonistas. Durante muchos años se lanzó el bulo de que las verdaderas estrellas eran las mujeres, se mitificaban aquellas mujeres que entendían su papel con respecto al hombre: hacer lo que a él le apetezca (todo) cuando a él le apetezca (siempre). El truco coló entre las propias actrices y entre los espectadores más cómodos, porque, en efecto, ellas eran las protagonistas del espectáculo: cobraban más, tenían clubs de fans, asistían a premios, fiestas y festivales, salían en las portadas de los vídeos y las revistas… Esa farsa se ha ido dinamitando hace tiempo, parece que ya no hace falta disimular. Ahora las estrellas del negocio son los actores, aquellos que son más agresivos, los que no tienen límites en el envilecimiento de sus compañeras de rodaje. Ellos ahora tienen nombres y apellidos y son los grandes capos. Ya no se buscan películas de Zara Whites o Ginger Lynn, sino de Rocco Siffredi, Roberto Malone, Christophe Clark, Nacho Vidal, Max Hardcore… ellos son los que saben cómo hay que tratar a las tías. Cada vez hay menos actrices cuyo nombre (artístico o real) aparezca en las producciones. La mayoría atienden a un difuso nombre de pila, sin que casi nunca se identifique a una cara con él. Para qué, qué importan, sólo son tías, sólo son putas, las hay a millones; sin embargo, maestros del sexo, verdaderos maestros como Rocco y compañía se cuentan con los dedos de una mano. Muchas de las actrices actuales proceden de los países del Este. En ellos se reúne excelente materia prima y la mejor de las disposiciones dados los mecanismos habituales del subdesarrollo, la apertura al libre mercado y la urgente necesidad económica. Ellas son, como mucho, Tanya, Ursula, Veronika… qué más da, afortunadamente hay miles de jovencitas necesitadas a las que ofrecer un billete a la fama, a Europa o al capitalismo, y acto seguido escupirles y romperles el culo. Cada día miles de chicas buscan y encuentran la única manera que tienen de soñar con una esperanza en las ofertas o imposiciones de cuantos proxenetas, chulos, esclavistas o productores de pornografía se crucen en su camino. Lo que diferencia a estas cuatro especies nombradas es que sólo los últimos son legales. O mejor dicho: alegales, porque actúan al margen de la legalidad, y saben que hay un mercado legal que les comprará a excelentes precios sus productos y que un extensísimo y relajado y civilizado público jamás se preguntará por lo que les ocurrió en sus respectivas vidas a esos miles de mujeres con las que un día se hicieron pajas mientras observaban cómo las machacaban, insultaban y envilecían un puñado de hombres civilizados, ricos y famosos. Y qué más da; como decían los propios actores, no eran más que putas, y a quién le puede importar lo que le pase a una puta. Porque ése es el proceso que desde hace años se sigue en la gran mayoría de las películas porno, éste es el mensaje constante y redundante, por muy repugnante e irracional que sea. Todas las tías son unas putas. Algunas lo saben y actúan como putas y por lo tanto son tratadas como putas, esto es: sin respeto ni consideración, y desde una posición superior, física, moral y socialmente. Otras no lo saben y necesitan un hombre que se lo haga saber. Cuando ocurre la revelación, la mujer que ya se reconoce como puta agradece al varón su enseñanza y pasa a comportarse como tal, y por lo tanto merece ser tratada como lo que es: puta: nada. Por último están las más reticentes, las más caprichosas, las más obtusas, aquéllas que no sólo no saben que en el fondo son unas putas, como todas, sino que además se resisten a que un hombre se lo demuestre. A éstas sólo cabe obligarlas. Se las chantajea, amenaza o agrede hasta que admiten ser, efectivamente, putas. En este punto ya pueden ser tratadas como se merecen: El guante negro, emitida hace ya años por Canal Satélite Digital, es una premiada película de Christophe Clark que acaba con una pandilla de tipos escupiendo a una chica del Este y diciéndole literalmente: “No eres nada, te vamos a hacer mucho daño, no eres nada, eres una mierda, eres una puta, eres una guarra, no eres nada”. Este tipo de apreciaciones son cada vez más frecuentes, acompañadas por supuesto de órdenes, golpes, azotes y escupitajos. Uno de los nuevos reclamos para la venta de películas porno son los salivazos. Ya no basta escupir con la polla, vaya a ser que alguien crea que el porno se queda en la metáfora, se escupe a la cara directamente, o se mean en la cara de la chica después de correrse y escupirle, o la ponen a oler mierda de cerdos, como en la celebradísima Rocco el perverso, o le meten la cabeza en el váter (metáfora y realidad) y tira repetidas veces de la cadena (como se hace cuando en el váter hay mierda).

Los títulos del porno son muy reveladores y no escapan, ni mucho menos a este proceso imparable de radicalización. La cosificación de la mujer comenzó con términos como rubias, morenas, mulatas o tetonas, hace ya tiempo que no se detiene en consideraciones y va directamente al grano: putas, zorras, cerdas, marranas, guarras. La misma evolución han sufrido los verbos: de seducidas y encantadas se pasó a acosadas, perseguidas o atrapadas, para terminar desgarradas, taladradas, violadas o machacadas. Una puta es material de risa, de broma, de chiste, de insulto, de venganza[11], de humillación. Porque al fin y al cabo una puta no es nada. Si alguna sale del negocio y accede a otros ámbitos (el cine, la televisión) es ridiculizada, condenada, estigmatizada y no se pierde ni una sola oportunidad de recordarle su pasado.

La radicalización del porno invade por supuesto al terreno de las fantasías. Si se es tan ingenuo como para creer que nada de lo que muestra el porno es real, que todo es ficción, o simplemente que no se puede llegar a demostrar que lo es, surgen nuevas preguntas: ¿Es ésta la única fantasía posible? ¿Qué hay detrás de un público cada vez mayor que legitima esta fantasía y este modelo como algo válido y plausible? ¿Es el sexo que ofrece el porno el único sexo posible, la única fantasía sexual valida, el sexo ideal?

Por último, el humor porno, tan celebrado y extendido, sitúa a la mujer en el papel que han sufrido antes otros colectivos discriminados (negros, homosexuales, discapacitados…): es la burlada, la engañada, el motivo de las risas del hombre. Siguiendo con el engaño, son muy significativas las páginas dedicadas a entrevistas de trabajo. Unas veces reales y otras representadas, recogen la experiencia de chicas jóvenes que buscan trabajo y se encuentran en una evidente situación de inferioridad ante el jefe que las tiene que seleccionar: el desenlace, claro, es que tienen que acceder a los requerimientos del jefe. Esta “fantasía” no se detiene siempre en su representación: cuando el trabajo a conseguir tiene alguna relación con el sexo (fotos eróticas, por ejemplo, bailarinas de striptease, camareras en topless) la ficción se convierte en realidad y la conducta del demandante está de nuevo legitimada, pues es evidente que esas chicas son unas putas, de modo que ya se puede hacer con ellas lo que sea. Las webs recogen cientos de ejemplos en los que estos castings grabados con cámaras ocultas muestran a jóvenes que acuden a la cita para encontrar un trabajo y se marchan violadas, grabadas y chantajeadas. Lo que debería constituir prueba de delito se convierte en arma arrojadiza contra la víctima. El asunto, además de pingües beneficios, da para muchas risas. Los autores se jactan de sus trofeos y de la inocencia de las engañadas, las echan a patadas de los despachos, les tienden emboscadas con varios gañanes, se ríen de ellas… Este esquema crece en brutalidad si la víctima es una actriz porno: una mujer que va a un casting porno pude prepararse para lo peor, porque otra vez su condición (actriz porno) legitima que la traten como a tal. Son frecuentes los comentarios de este tipo: “La muy idiota de esta puta creía que venía para hacer un par de mamadas y una doble penetración y mira lo que se encontró”. “Lo que se encontró” suele ser un catálogo infinito de violaciones brutales, maltratos, torturas, palizas y escarnios. El último paso de esta escala macabra son, evidentemente, las prostitutas. Si la protagonista de una escena es una prostituta, hay veda libre. Si se contrata una puta para follar, se la folla, se le hace lo que uno quiere (no uno: los tipos del porno son grandes cobardes y suelen actuar en grupo), se la graba (por supuesto sin su consentimiento, ¿quién necesita el permiso de una puta?) y después se la echa y se le amenaza, “porque es una puta”. Las webs están llenas de estos ejemplos: quizás el método más sangrante y extendido es el de recoger a una puta en la calle, montarla en una furgoneta, y violarla y grabarla mientras la furgoneta se aleja de la ciudad; concluido el trabajo, la tiran de la furgoneta al arcén entre risas y vítores.

ALGUNAS MENTIRAS (‘FETISH’)

“El porno defiende la libertad sexual”. Esa libertad sexual se entiende entonces como la libertad del hombre de satisfacer todas sus fantasías sexuales. El hombre es libre de disponer de las mujeres a su antojo y capricho. La mujer, en el porno (tampoco en el porno) no tiene libertad, tiene obligaciones, recibe órdenes, tiene que acceder a todos los requerimientos del hombre. El hombre es libre, absoluto y caprichoso. La mujer es esclava.

“El porno defiende la diversidad sexual.” Contra la acusación de reducir la mujer a un objeto (con prestaciones y características de serie), el porno proclama su afán de variedad. Y sí, es cierto, el porno es muy variado: en realidad no hay ocurrencia capricho o perversión que el hombre quiera ver (¿por qué querrá con tanto interés y tanta saña el hombre ver estas cosas?) que no esté reflejada en la inagotable oferta pornográfica. Es decir, la variedad está puesta al servicio del cliente, que es el hombre, luego en absoluto es  el porno un reflejo de la diversidad sexual general, sino de la de una parte exclusiva de la población: los hombres: en general el porno ofrece tías buenas dispuestas a hacer todo lo que un tipo desea (cualquier tipo: bien dotado, musculoso, flacucho, impotente, gordo, peludo, lisiado, drogado… aquí no importan tanto los atributos). Y como hay hombres que las prefieren gordas, viejas, peludas, embarazadas, rapadas, chinas, negras, de clítoris gigantes, de tetas de todos lo tamaños, etcétera, el porno ofrece todo eso y más. Y ofrece por supuesto niñas. Y si el cliente quiere hombres también se los da (aunque el porno gay es mucho más delicado, en general).

Un ejemplo claro del truco de la diversidad sexual del porno lo encontramos en el bestialismo. Esta categoría no ofrece productos en los que hombres y muchachos penetran a cabras, ovejas y gallinas. Lo que ofrece la zoofilia porno es mujeres expuestas a la acción sexual de animales: mujeres folladas por perros y caballos, mujeres que tienen que chupársela a burros y cerdos, mujeres aterrorizadas por ratas, ratones y culebras que recorren sus cuerpos, mujeres penetradas por anguilas… La mujer es obligada al riesgo, y expuesta como algo inferior a un animal, menos que un perro, menos que un potro, menos que un cerdo (cualquier espectáculo basado en tratar a un animal como se trata a una mujer en el porno sería objeto de denuncia inmediata). Habitualmente, las mujeres obligadas a semejantes brutalidades muestran claramente los rasgos de la heroína y la miseria en sus rostros y en sus cuerpos. Son putas, también. Putas con clientes de cuatro patas. Otro ejemplo clarificador es el sadomasoquismo. Casi siempre son las mujeres las que aparecen atadas, quemadas, torturadas, azotadas, y agredidas. La variedad es otra de las grandes mentiras del porno.

“El porno se sitúa en el terreno de las fantasías.” El porno también realiza un extraño y perverso viaje de ida y vuelta de la realidad a la fantasía: se ampara en la fantasía para legitimar sus representaciones, representaciones que ya no son tales, pues son, en cambio, realidades. Lo real es condición sine qua non para la ejecución y eficacia de la fantasía. La fantasía del espectador tiene que depositarse sobre hechos reales filmados y expuestos y contemplados. Lo cierto es que en el porno nada es fantasía, todo es real, si diez tipos eyaculan en la boca de una chica las diez eyaculaciones son reales, la chica se las traga, tiene arcadas, le entran en los ojos, y todo es real.

“El porno lleva a cabo una importante labor pedagógica.” A menudo se alaba la función pedagógica del porno: enseña cómo hay que hacerlo. Lo que enseña el porno es cómo hay que tratar a las mujeres: hay que insultarlas, despreciarlas, humillarlas, castigarlas, violarlas, atarlas, asustarlas, azotarlas, torturarlas, agredirlas, asfixiarlas, destrozarlas y vencerlas… La seducción es, por supuesto, algo pasado de moda. Y sin embargo está en la seducción el principio justificador de muchas conductas (o enseñanzas) posteriores: seducir no deja de ser algo muy parecido a engañar: a las mujeres hay que seducirlas, es decir: engañarlas: una vez engañadas, ya se puede hacer con ellas lo que se quiera. El engaño es una trampa y la mujer la presa que ha caído en ella. Una vez presa, el cazador es su dueño. De alguna manera la habilidad para cazarla legitima su uso posterior: puede domesticarla, comérsela o degollarla y poner su cabeza adornando el salón. En este sentido es habitual que los actores porno más brutales se les muestre como “caballeros”[12], una burda máscara que no sólo responde a un obsoleto punto de vista sino que esconde también la artimaña del cazador: la galantería como cebo para que se relaje la atención de la víctima.

Claro que muchas veces el porno se salta estos vericuetos y va directamente al grano: se las viola y punto. Y si se resisten, mejor: el placer de la resistencia es continuamente expresado en el porno. Así, una página web declara: “¿qué es mejor que una tía que quiera comernos la polla? Una que no quiera comérnosla y tenga que hacerlo”. La pedagogía no se limita a la cama: fuera de ella también se enseña como hay que tratarlas: dándole órdenes. Porque a la mujer también se la enseña como tiene que comportarse: siempre obediente, siempre sumisa, siempre complaciente, dispuesta a todo (para evitar que la tilden de mojigata, estrecha o poco sofisticada), necesariamente predispuesta a relaciones lésbicas para satisfacción del macho, espectador y amo, agradecida y sonriente si la escupen, agradecida y sonriente si la ensucian, agradecida y sonriente si le dan dos hostias. Manchada, dócil. Vencida. Inerte.

SILENCIO Y MIEDO (‘BONDAGE’)

Criticar al porno parece algo inconcebible, porque se ha extendido la idea de que el porno mola, el porno es guay, el porno es lo mejor[13]. El porno se ha instalado en nuestra sociedad y ha logrado legitimarse con una autoridad sorprendente, incluso entre los que no lo consumen. Los que saben realmente de qué va el asunto suelen buscar la complicidad del aficionado, ese rollo machote que ineludiblemente conduce al celebrado “Todas son unas putas”. Resulta sorprendente la resistencia de los ignorantes y la desfachatez de los entendidos. Pero la sorpresa se difumina cuando se tienen en cuenta las múltiples y poderosas estrategias que ha seguido el porno para conseguir esta victoria.

Cuando el programa 21 días, de Cuatro, dedicó un programa a la industria del porno lo llamó 21 días en la industria del porno, y a pesar de que en tal enunciado no había nada que indicase que su presentadora, Samanta Villar, tuviese que protagonizar escenas porno, la periodista y la cadena recibieron una avalancha de insultos y descalificaciones por no haber estado “21 días chupando pollas” como exigían muchos comentarios de televidentes que se sentían “decepcionados, engañados y estafados”. Si algo se le podía criticar al programa era su complicidad con esa industria, su acercamiento en tono de colega y la ausencia absoluta de crítica (más allá de un par de momentos en los que Villar arrugaba la nariz). La propia Villar declaraba: “El equipo y yo queríamos dar una imagen del porno alejada de los tópicos de sordidez, vicio o drogas”. Es decir, que se partía de un prejuicio positivo hacia el género. Algo cada vez más habitual y, a la vez, a contracorriente del ideario habitual de la parrilla televisiva: resulta al menos curioso que cuando en todos los asuntos se intenta buscar el lado oculto, en el porno se intenta mostrar el lado amable[14].

Esta prudencia, este miedo a molestar a la pornografía, a disentir del discurso dominante (la pornografía mola), a señalarse, en fin, es algo muy extendido. Las teorías feministas son ridiculizadas, ninguneadas y descalificadas si están contra el porno y recibidas con entusiasmo si están a favor. Las tribunas de los periódicos ceden con placer su espacio a opiniones tan ridículas y dañinas como las de Enrique Lynch[15] y Vicente Verdú[16], abanderados de esa extensa, cobarde y bochornosa sociedad de hombres llorones que señalan temerosos la pérdida de sus centenarios privilegios.

Por lo demás, en el porno no interesa la conciencia, se descalifica a los redimidos, se burlan de los arrepentidos[17] y hasta análisis brillantes como el de Andrés Barba y Javier Montes en La ceremonia del porno mantienen una prudencia práctica y cobarde: saben que entrar en valoraciones morales no vende, por lo que sus análisis semiológicos y semióticos obvian el hecho que está detrás del discurso: descifran los elementos estéticos y simbólicos de las ejecuciones olvidándose a propósito del destino de las víctimas.

Todo esto conforma un panorama de unanimidad positiva, en el que cualquier crítica es sospechosa, un excelente caldo de cultivo de lo que podríamos denominar reaccionarismo inverso.

NORMALIZACIÓN (‘PORNO CHIC’)

De Haro Tecglen[18] a Vicente Verdú, de Román Gubern a Salman Rushdie, de García Berlanga a Valentino Rossi[19], un nutridísimo elenco de escritores, analistas y famosos ha mostrado su admiración y sus respetos por el porno. La revista Interviú editó hace años una amplísima colección de películas porno acompañadas de unas separatas en las que, junto a algunos datos técnicos, incluían dudosos análisis que abundaban en los aspectos artísticos del asunto y en sus argumentos, y también columnas escritas por todo tipo de famosetes (de actores a cantantes) en los que éstos comentaban sus puntos de vista sobre el género (todos positivos cuando no exultantes), contribuyendo así de manera contundente y machacona a esa normalización del porno, reforzando la impresión de que el porno es divertido, sano (¡sano!), genial, y consagrando su introducción en la vida cotidiana. Algo también reforzado por la inmensa mayoría de los medios de comunicación (unos más que otros: la labor del Grupo Zeta y de Prisa, alentados por los beneficios económicos que la explotación de este material les ha proporcionado, ha sido infatigable), en los que la presencia de anuncios de prostitución tampoco deja de crecer. Así, la parrilla de Digital Plus se ha ido llenando de espacios dedicados al porno y sus taquillas han visto crecer los canales dedicados al porno (de los dos iniciales hasta los nueve actuales) en detrimento del cine de estreno, estrategia común a infinidad de canales locales y generalistas. Las películas de Digital Plus incluyen una sinopsis redactada siempre en términos “simpáticos”, con recursos tan pueriles como la rima fácil. Todo vale para relajar el asunto, para presentarlo como algo inofensivo, cachondo, y parece que la cosa funciona, que la gente se ríe con estas cosas. La Cadena SER celebró los 20 años del porno del Plus en un tono realmente festivo y lleno de risas. No sé por qué causa tanta risa el porno, me temo que serán risas nerviosas, al menos así acaban pareciéndolo. Aunque Digital Plus mantiene decisiones tan sonrojantes como no emitir porno durante la semana santa (sólo en taquilla). También El País Semanal ha analizado el asunto, lo ha llevado a su portada y no ha rozado siquiera la crítica, no ha planteado preguntas elementales, se ha esforzado en ofrecer al gran público una imagen saneada, normal y apetitosa del negocio … Sólo se denuncia la pederastia, aunque se permiten y se celebran las constantes referencias pedófilas en las películas de adultos, donde la referencia a niñas y adolescentes es apabullante, donde se explota la imagen y las actitudes infantiles, donde se aplauden las producciones de jóvenes que acaban de cumplir dieciocho años, donde se juega con la ambigüedad de las edades: el rollo teen, también conocido como barely legal (apenas legal), actrices o modelos pornos muy jóvenes, de apariencia casi infantil.

Incluso quienes se atreven a cuestionarlo, acaban cayendo en sus trampas. En su última novela, Snuff, Chuck Palahniuk pierde una buena oportunidad de sacudir los mitos del porno. El escritor ha optado por la sordidez y la escatología en lugar de llegar al fondo del asunto, y ha perdido fuerzas y tiempo en confeccionar un innecesario muestrario de títulos presuntamente simpáticos en los que se recurre por enésima vez a la parodia de películas de éxito[20]. Una de las protagonistas, la representante de una actriz porno, afirma: “Da igual que una mujer sea una concubina o una damisela a redimir, nunca es nada más que un objeto pasivo para satisfacer las necesidades de un hombre”. Lo que parece una crítica incluye la aceptación de que el hombre necesita hacer lo que hace con las mujeres. Necesita escupirles, azotarlas, humillarlas, insultarlas.

Por supuesto, los protagonistas del negocio también defienden su corralito. El productor de pornografía Larry Flynt afirma que la pornografía es vital para la libertad y que una sociedad libre y civilizada debe ser juzgada en función de su disposición a aceptar la pornografía. El ínclito Max Hardcore explica que comenzó a hacer porno porque en el porno que existía no veía lo que quería ver, y se divierte contando cómo las chicas que llegan a su casa no tiene ni idea de lo que les va a ocurrir. La sorpresa, la mentira, el chantaje, la amenaza, son sus armas. “El secreto está en pulverizar su voluntad, reducirla a pedacitos, y cuando ya sólo son pedacitos, machacarlos aún más”, afirma, entre risas. Podría pensarse que el caso de Max Hardcore representa lo peor de este negocio, de hecho hay compañeros de profesión que reniegan de sus prácticas porque les parecen muy extremas y porque dan una mala imagen del género, pero lo cierto es que sus hazañas beben del porno alemán y del japonés, y han creado escuela entre los nuevos productores estadounidenses y europeos. Sus modos y maneras son cada vez más habituales en las producciones más comerciales, viejas estrellas como Rocco o Vidal van cada vez más allá para no quedarse atrás (los salivazos, el gagging, los azotes, las hostias y los insultos son marca de la casa en ambos casos) y buena parte del porno emergentes se siente inspirado y legitimado por estos maestros.

Cuando Rocco es preguntado por la violencia de sus películas[21] se defiende así: “La violencia es, sencillamente, la forma en que yo vivo mi sexualidad, y son muchas las mujeres que lo comprenden”.

Algunas actrices reconocen haberse sentido maltratadas y asustadas por ellos, pero lo dicen con la boca pequeña para no poner en riesgo su posición, y en general se tiende a no darle demasiada importancia al asunto.

Tampoco los analistas escapan a este efecto normalizador. Gabriela Wiener es una escritora peruana que se ha hecho famosa por “haber venido a España para follar con Nacho Vidal y escribirlo”. El hecho no es exactamente así: si alguien se molesta en leer su Sexografías comprobara que tal afirmación dista mucho de la realidad: después de definir tranquilamente (irresponsablemente) a Vidal como “el violador que toda mujer quisiera encontrar en su camino cuando se ha empalagado de hacer el amor”, Wiener relata un encuentro en el que Vidal le pide que le enseñe su vello púbico y se masturba corriéndose sobre sus zapatos. Tal acto es calificado por Wiener, incomprensiblemente, como su venganza personal en nombre de todas las mujeres que han sido maltratadas por Vidal. El peligro de sus tesis desesperadamente provocadoras quedó en evidencia en una mesa redonda del primer Festival Eñe denominada “Pornófilos” cuando Wiener negó la conveniencia de psicoanalizar su afición por el porno: “Si lo hiciera me vería como una nazi, descubriría que soy una racista, y eso no me gusta”. Por último, un crítico tan poco sospechoso como Jordi Costa afirma: “Pensar que las películas clasificadas X están muy orientadas a satisfacer las necesidades de los hombres degradando un poco a la mujer es uno de los prejuicios que suelen rodear al porno con los que estoy menos de acuerdo. El porno hay que verlo como fantasía: no hay que creérselo a pies juntillas. Es una ficción que, por así decirlo, ocurre en un universo de pasiones excesivas en el que no rigen las mismas reglas morales que en nuestra vida. Por otro lado, hay muchas mujeres dirigiendo porno y lo que hacen no es, en muchas ocasiones, precisamente suave. El porno para mujeres más blando y paternalista suelen hacerlo hombres que creen que, detrás de cada mujer, hay una Heidi que prefiere una caricia a un pasional mordisco”. Y añade: “El porno gusta porque es la sublimación de nuestras fantasías más íntimas en forma de gran espectáculo”. Exacto: el espectáculo de la agresión a la mujer[22].

La inspiración es uno de los grandes efectos de esta normalización del porno. La televisión, el mundo pop, los videoclips, el cine, la publicidad[23]… están cada vez más influidos por la estética y la ética pornográfica.

EFECTOS Y CONSECUENCIAS (‘CUMSHOTS & BUKKAKES’)

Podemos encontrar teorías sobre los efectos de la pornografía totalmente contrapuestas. Sus defensores alaban sus “virtudes pedagógicas” o insisten en la imposibilidad de vincular conductas o hechos violentos a la contemplación de pornografía, y sus detractores recuerdan que una de las motivaciones fundamentales del consumo de pornografía es la de adquirir nuevas ideas y propuestas para después ponerlas en práctica. Algunos estudios demuestran que, como mínimo, la pornografía deja la impresión en los espectadores de que el sexo irresponsable no tiene consecuencias adversas. Otros detallan numerosos cambios en la conducta sexual después de exponerse a la pornografía, incluyendo la trivialización de la violación. Hay quienes definen la pornografía como una descalificación de la sexualidad que internaliza ideas destructivas en asociación con la misma. Es algo muy cercano a nuestra tesis del secuestro del sexo.

Con todo, lo peor del porno es que es impune. Quien quiera ganar una fortuna maltratando a mujeres puede hacerlo sin temor. Nadie le molestará, nadie le criticará, se hará rico y será aplaudido. Los seguidores de este género podrán declararlo orgullosamente. Se declararán misóginos sin problemas y serán felicitados y admirados.

No se trata de salvar el porno (por mi parte ¡que se joda el porno!) pero sí de plantear sus límites. No se trata tampoco de recurrir a la censura, por ineficaz y porque provocaría el clásico discurso falaz de ir contra la libertad de expresión. Se trata de controlar cómo se genera el producto, de luchar contra la exaltación del terrorismo de género. Hay una manera muy sencilla de hacerlo: adecuarse a los derechos humanos. Andrés Barba y Javier Montes recuerdan en su citado ensayo que Potter Stewart, juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos, sentó las bases de jurisprudencia en estos asuntos manifestando que “no sabía definir la pornografía pero sí era capaz de reconocerla”. Del mismo modo, aunque alguien no sepa definir estos límites, sí será capaz de reconocerlos. Y si tiene alguna duda, puede resolverla con un ejercicio muy simple: ponerse durante un momento en el lugar de esas mujeres. Verá cómo entonces entiende al instante que el porno es, simplemente la celebración de un crimen.

 

[1] A veces hasta se prescinde de esta coartada. En el subgénero de dominación, por ejemplo, no hay nada de sexo, más allá de que las chicas estén más o menos vestidas; sólo hay un hombre agrediendo a una mujer, pero tales agresiones son admitidas porque se supone que se hacen dentro de un marco sexual (aunque ni siquiera se sigan los parámetros pornográficos de lo sexual y no haya erecciones, ni penetraciones ni eyaculaciones, ni las mujeres finjan orgasmos, sólo griten de dolor).

[2] La dignidad de la mujer y, también, la del hombre. Una de las grandes preguntas que hay que hacerse ante el porno es por qué millones de hombres se excitan, se complacen y envidian el papel de violadores y agresores que les otorga el porno. También cabe preguntarse por la complicidad de la mujer en este negocio, pues sería absurdo caer en el mensaje maniqueo de que el porno divide a hombres y mujeres en criminales y víctimas: las que lo protagonizan voluntariamente, ¿es ésa la imagen que quieren transmitir de la mujer y de las relaciones sexuales?; las que no lo combaten ¿se sienten tal vez bien porque haya “otras que hagan esas cosas”?; y las que intentan cambiarlo desde dentro, ¿no acaban engrosando una industria y participando de sus clichés y sus mensajes?

[3] ¿Por qué nadie escribe en contra de la pornografía? En los últimos veinte años he leído miles de artículos y opiniones a favor y en contra de todos los asuntos imaginables, pero muy pocas voces autorizadas se alzan en contra del porno. Michael Houellebecq sí avisó de la tendencia del porno en un visionario artículo aparecido en Les Inrockuptibles que más tarde recuperó en El mundo como supermercado: “…No habla de la violencia del deseo, sino de una violencia realmente violenta (…) Para reafirmar su potencia viril, el hombre ya no se conforma con la simple penetración (…) Para llegar a sentir placer, ahora necesita golpear, humillar y envilecer a su compañera; sentirla completamente a su merced”.

[4] Andrea Dworkin, Catherine MacKinnon y, cómo no, Robin Morgan, autora del acertado axioma: “La pornografía es la teoría, la violación es la práctica”. Si la contundencia y generalización del argumento pueden hacerlo discutible, una leve corrección del mismo lo convierte en inapelable: “La pornografía es la teoría, la prostitución es la práctica” (Alberto Lema, en Una puta recorre Europa plantea que irse de putas es como pagar una violación).

[5] Existen otras pornografías, pero son anecdóticas, residuales. Hablamos aquí de la tendencia universal, la que triunfa en el mercado.

[6] Larry Flint declaraba en la portada: “Ya no trataremos más a las mujeres como piezas de carne”. La portada suscitó reacciones enfrentadas entre los que la consideraban una agresión brutal y los que la justificaban en el nombre del sentido del humor y de la libertad de expresión

[7] Indiscutible la afirmación de Rosa Regás: “el mayor colectivo esclavizado del mundo es el de las mujeres”.

[8] El director Stephen Walker, durante la grabación de un documental sobre el porno, acude con una actriz a la casa de Max Hardcore y comprueba las agresiones que éste inflinge a la chica hasta que decide intervenir, se enfrenta a las amenazas de Max Hardcore y salen literalmente huyendo. Lo cuenta en su columna del London Evening Standard: “… Felicity (la actriz) salió corriendo y gritando histéricamente. Max Hardcore la había forzado hasta la asfixia. Se negó a seguir el rodaje y él le exigió que pagase a todo el equipo (…) Yo estaba muy asustado. La casa estaba lejos, era muy tarde, los perros ladraban furiosamente y Hardcore estaba muy violento (…) Agarré a Felicity y salimos de la casa. Estuvo llorando todo el camino. Me dijo que estaba aterrorizada, convencida de que Hardcore iba a matarla (…) ¿Quién sabe que hubiese pasado si hubiese estado sola? Este caso es exactamente el mismo de las miles de chicas que ya han grabado con Max Hardcore y de las que grabarán con él”.

[9] Paco  Gisbert: “El de ahora yo lo llamo “sexo filmado”; es como si a un vídeo de una primera comunión o de una boda lo llamáramos una película, las productoras filman ahora a gente follando y ya se creen que es cine porno”. En cualquier caso, este fenómeno no es patrimonio exclusivo del porno, aunque sea en él donde se lleva a sus máximas consecuencias. En un magnífica columna en El País, titulada Mirones del horror, Manuel Rodríguez Rivero lo explica así: “Sólo mediante la cosificación absoluta de las víctimas —a las que no se considera seres humanos— es posible reducir su sufrimiento a puro espectáculo que merece ser compartido (…) Al final, la víctima (y su suplicio) pierde realidad: tiende a ficcionalizarse. Y en ello (cada vez más) estamos”.

[10] Manuel Valencia, experto en porno, declara que prefiere “menos glamour y más putas baratas”.

[11] Los argumentos que utiliza Julián Fernández de Quero en su reveladora serie Desmontando al hombre (sexpol.net), aunque dirigidos a la desvelar la naturaleza de la prostitución, son muy aplicables a la pornografía: “Durante miles de años los varones gozaron del privilegio de forzar y violar a las mujeres con el beneplácito de los Estados y Códigos Civiles (…) En las sociedades modernas, el uso de la fuerza física para obligar a las mujeres a mantener relaciones sexuales se ha convertido en delito (…) por lo que la vía sustitutoria más viable es convertir la fuerza física en la fuerza simbólica del dinero”. En este sentido, la pornografía actuaría como cauce o como sustitutivo por proyección. El motor de la construcción del arquetipo pornográfico estaría fundamentado en la venganza del hombre por la pérdida de tal privilegio. Así como “el varón prostituyente considera razonable que las mujeres son inferiores y diferentes a los hombres y que están ahí para obedecer sus deseos sin rechistar”, el actor pornográfico lleva a efecto tal consideración, y el varón pornográfico disfruta contemplándola.

[12] Así suelen referirse a Rocco Siffredi o a Roberto Malone, y así presentaba Miguel Bosé a su amigo Nacho Vidal…

[13] Cada vez que he comentado que estaba escribiendo un artículo sobre el porno, la gente me felicitaba, pero cuando les explicaba que escribía contra el porno se extrañaban y se ponían a la defensiva: “¿Cómo que contra el porno? Si el porno es lo mejor del mundo”. Cuando muestro algunos ejemplos del porno que hoy se consume, suelo obtener como respuesta que ése no es el porno que conocen mis interlocutores. Finalmente, cuando demuestro que ése es el porno que sale en Digital Plus y en todas las televisiones, el que primero te asalta si buscas páginas en internet, el que se anuncia en las revistas más vendidas, entonces (sólo entonces) muchos reconocen que, en realidad, ellos no ven pornografía. No la ven, pero la defienden.

[14] Este tono y esta intención es la que gobierna programas como Mundo X, de Sandra Uve, donde el porno se presenta como un mundo feliz lleno de gente estupenda en el que todos se quieren y todo es muy guay, y hay muchas risas.

[15] Enrique Lynch: “El revanchismo “de género” (o sea, el resentimiento femenino) es un mal que se extiende imparable por todas partes  (…) donde ese carácter resentido es más claro y elocuente es en las letras y en los videoclips de las canciones populares  (…) las mujeres actuales, que tan a menudo se identifican con una masculinidad imaginaria, no emulan la melancolía de los hombres sino que se calzan unas botas de caña alta, se atizan un atuendo de perdularia al estilo Madonna o un traje de leopardo y se retratan basureando sin piedad a potenciales amantes o pretendientes. Ni lloran ni piden perdón”.

[16] Vicente Verdú: “…nunca se llegó tan lejos, en aras de “la igualdad”, a rebajar el ser de los hombres. Hombres borrados del lenguaje a través de lo políticamente correcto, difamados en el sistema familiar, desacreditados en sus formas de amar, lacerados en las sentencias de divorcio, envilecidos en la violencia de género, descartados, en fin, como portadores de algún don significante que convenga al futuro. Pocas campañas contra un grupo social fueron tan duras y generalizadas”.

[17] En un ridículo seudodebate de La noria ignoraban sistemáticamente las declaraciones de un actor porno que reconocía que su trabajo le había traído problemas en sus relaciones en la vida real.

[18] “Soy partidario de ese bendito género (la pornografía)”. Y también: “La pornografía dura, la de algunas madrugadas de Canal +, es mucho más decente (que el erotismo) (…). Se ve lo que hay que ver y como hay que verlo”.

[19] Valentino Rossi, fan de Rocco Siffredi, llevaba en su mono lleva la inscripción “Viva Rocco siempre duro”.

[20] Sueño anal de una noche de verano, La zorra sobre el tejado de cinc, El nabo de Oz… Este recurso barato, este chiste fácil, es muy apreciado por muchos aficionados y hasta existen blogs y webs dedicados a recopilarlos.

[21] Entrevista en El Mundo.

[22] Hay quien va más allá: Camille Paglia suele argumentar que se ha exagerado la sensibilización sobre las violaciones.

[23] Ahora Emma Thompson y antes Keira Knightley, protagonizan campañas contra la prostitución y el maltrato actuando como prostituta y maltratada. En el caso de Knightley, su spot de maltrato fue buscado y contemplado con asiduidad por numerosos internautas excitados por la idea de ver a la bella siendo maltratada…

 

Publicado en : https://elestadomental.com/diario/el-porno-feroz

 

🔸¿Cuál es el problema con el porno?🔸 


Respondiendo a los argumentos pro-porno más comunes.

Tratándose de pornografía las opiniones son variadas. Hemos compilado los argumentos más comúnmente usados por los defensores del porno.

 “El porno es sólo una fantasía, no es real”

El porno no es sólo una fantasía. Una fantasía tiene lugar en la mente. Una escena protagonizada por una mujer siendo ahorcada, no pudo existir de no haber una mujer de carne y hueso ahorcada, para el disfrute del hombre espectador.

Cuando actos de violencia sexual y crueldad son ejecutados sobre los cuerpos de mujeres, esto deja de ser una fantasía; se convierte en realidad.
Es importante hacer notar que muchos actos sexuales en la pornografía son de naturaleza violenta, actos que las mujeres informan ser dolorosos y degradantes, que no disfrutan y aún más, actos que los hombres no esperan que ellas disfruten.

Seguramente esto nos lleva a cuestionarnos, ¿por qué la crueldad, humillación y agresión sexualizada por hombres en contra de mujeres, son una fantasía?, ¿por qué este trato deshumanizante hacia las mujeres excita sexualmente a los hombres consumidores?

Como Robert Jensen explica, “los hombres obtienen algo muy concreto de la pornografía: orgasmos…pero tiene un costo; ese costo es nuestra propia humanidad”.

“Seguro, cierto porno es malo, pero no demonices toda la industria”

Algunas veces los defensores del porno argumentan que sus críticos escogen con pinza los peores y más extremos casos. Sin embargo, nuestro enfoque es hacia la pornografía más consumida, que en años recientes se ha vuelto más violenta que nunca. La investigadora Rebecca Wishnant* notó que, “en la pornografía popular actual, la agresión contra las mujeres es la regla más que la que le excepción…[esto] es tan normal que sería difícil que un consumirdor regular pudiera evitarla”.

Algunos de los actos asentados en la pornografía popular son, descritos así por la investigadora Maree Crabbe*, arcadas inducidas mediante felación, sexo anal heterosexual, eyaculación en la cara y pechos de las mujeres, doble penetración -donde una mujer es penetrada vaginal y analmente al mismo tiempo. La pornografía popular promueve la dominación de la mujer por el hombre, en ella las mujeres son llamadas frecuentemente perras, putas, prostitutas y “basureros de semen”.

Es chocante lo racista y sexista que es. En cualquier otro medio, dichos estereotipos causarían conmoción, pero en el porno son aceptados.

En un estudio de contenido realizado el año 2010*, respecto a la pornografía que mejor se rentaba y más se vendía en USA, se encontró que la agresión física y verbal en contra de las mujeres es rampante, la agresión física tiene lugar en el 88% de las escenas, y de ello, el 94% de la agresión física y verbal es dirigida a la mujer.
Uno no tiene que ir más allá de las estadísticas proveídas por la propia industria pornográfica, como en Adult Vídeo News, para darse cuenta que los vídeos porno más vendidos incluyen violencia sexualizada hacia las mujeres, misoginia, incesto, racismo y pornografía pseudo-infantil, con títulos como (advertencia, contenido explícito):
“Penetración profunda con niñas jóvenes, Gape me 2 [se refiere a abrir el ano de forma tal que luego de la penetración no se cierra], Quiero penetrar el culo de tu hija (16), Ella no estaba lista, Mi nuevo padrastro negro (21)”

“Las mujeres también ven porno”

 Las investigaciones demuestran* que los hombres son mucho más propensos a ver porno para excitarse sexualmente y masturbarse, que las mujeres. Y aunque la vasta mayoría del porno está hecho para hombres heterosexuales, algunas mujeres ven porno.

En ABC, la psicóloga Laura McNally* señala que “en efecto, algunas mujeres gustan del porno. La mayoría de la gente obtiene placer de hábitos que en último término son dañinos, como el alcohol, el tabaco o las drogas. Las mujeres no tienen un imperativo moral especial de apoyar solo a industrias que cumplen los propósitos del feminismo”.
Algunas mujeres participan en actividades e industrias que son sexistas y dañinas para las mujeres en su conjunto. Que algunas mujeres sean partícipes, no cambia la realidad de que la violencia sexualizada en contra de las mujeres en la pornografía, impacta el estatus de las mujeres en general, tanto en su proceso de producción como de consunción por los hombres.
Muchas mujeres, sin embargo, dan cuenta de el impacto negativo del porno, en particular del efecto negativo en sus relaciones personales y matrimonios, y la presión de verse y actuar de acuerdo la estética pornográfica. De hecho, el porno ha sido nombrado como factor en el aumento de prácticas* tales como depilación brasileña y  cirugías estéticas, incluyendo la labioplastía, en la medida que mujeres y niñas comparan sus vulvas a las de las mujeres en la pornografía.

Médicos han denunciado*  que están viniendo a consulta niñas de 12 años con heridas sexuales inspiradas por el porno, y mujeres y niñas informan ser presionadas a someterse a actos indeseados y humillantes que han sido normalizados por la pornografía.

[Lee las experiencias de mujeres reportando coerción y presión de parte de sus parejas hombres para someterse a actos sexuales inspirados en el porno*.]

“Estas fiscalizando/ humillando/ dictando lo que adultos que consienten puede hacer”


Estamos haciendo en un análisis crítico de una industria que, por dinero, explota y deshumanizada a mujeres y niñas. Dicho análisis puede incluir preguntas tales como, ¿por qué los hombres usuarios de porno encuentran placer al consumir violencia o subordinación y humillación de otra persona?
Es relevante analizar la noción de “adultos que consienten”, teniendo en cuenta que muchos de los actos más populares en la pornografía son violentos, degradantes y actos que la mayoría de mujeres no hallan placenteros.

Muchos de los actos comunes en la pornografía son diseñados para infligir el máximo daño físico posible en las mujeres. En efecto, basándose en el material promocional de las películas más populares en el sitio de AVN, pareciera ser que el daño perpetrado en los cuerpos de las mujeres es una forma eficiente de atraer a hombres consumidores: (Advertencia, leguaje explícito)

“Rojo, brillante prolapso anal”

“Anos abiertos”

“Prolapso rectal”

“Su ano empalado en su erección”

“En Pure Filth [pura suciedad] sabemos exactamente lo que quieres, y te lo damos. Chicas siendo penetradas por el culo hasta que sus esfínteres estén rosados, blandos y totalmente reventados. En la tienda, le esperan pañales de adultos a estas putas una vez que su trabajo haya terminado” (Copia promocional de “Putas destrozadas analmente”)*

“Es asunto de los padres evitar que sus hijos accedan al porno”


Aunque ciertamente los padres deben tomar un rol activo, tener conversaciones apropiadas a la edad de sus hijos e hijas, y aprender acerca de seguridad en las redes, se ha vuelto casi imposible para los padres evitar que sus niños sean expuestos a imágenes y mensajes pornográficos, debido al avance de la tecnología y al espacio público cada vez más saturado de pornografía.
La juventud se encuentra con la pornografía en revistas en el supermercado, gasolineras, diarios, en vídeos hiper-sexualizados,  comerciales soft-porn y en la cultura popular en general. La industria publicitaria en Australia se regula a si misma, desechando frecuentemente reclamos por avisos inspirados en el porno, incluyendo anuncios de clubes de strip y sexpo, fuera de las escuelas, determinando que ese contenido no es inapropiado para niños.
Muchos niños encuentran porno incluso por accidente, otros son expuestos a porno hardcore en casa de amigos o hasta en el colegio. Expertos creen que la edad promedio de exposición al porno son 11 años. Los días en que era difícil acceder al porno se han ido -ahora es imposible evitarlo.

Desafortunadamente, no todos los padres están en condiciones o dispuestos a tomar las medidas necesarias para evitar que sus hijos sean expuestos a la pornografía. Creemos que todos los niños tienen derecho a una infancia libre de pornografía, y que el gobierno y los  legisladores deben sostener estrategias para asegurar el interés de todos los niños.

“Tú solo eres anti-sexo”

Los propulsores de las industria del sexo usualmente califican las críticas a la pornografía como oposición al sexo. Esta es una táctica baja, que mezcla el abuso sexualizado de mujeres en la pornografía, con el sexo, como si fueran la misma cosa.
Los defensores de la industria del sexo arguyen que quienes son críticos de la misma simplemente están reprimidos, son cerrados de mente y estirados tratándose de sexo, como si participar u obtener ganancias de la exploración de mujeres fuese progresivo.
Si se supone que el porno representa libertad, ¿la libertad de quién representa?, ¿libertad para las mujeres reducidas a agujeros que los hombres pueden brutalizar?, ¿para la gente de color, sometida a estereotipos racistas y convertidas en fetiches? Pareciera que está ‘libertad’ esta limitada a lo hombres que obtienen ganancias del porno y lo consumen, hombres que encuentran sexualmente gratificante ver a mujeres reducidas y abusadas. Esta es la libertad por la que luchan los defensores de la industria del porno.
Quienes apoyan una posición anti-porno reconocen que la pornografía es la mercantilización de la sexualidad humana. Es producido por una industria que no se preocupa de la liberación o sexualidad auténticas, sino maximizar sus ganancias. Como la profesora de sociología y escritora Gail Dines argumenta, “la pornografía es al sexo, lo que McDonalds es a la comida. Una versión plástica, genérica de lo que es real”.

Quienes están en contra de la pornografía reconocen que la industria lastimas a las mujeres, también a niños y hombres, que tiene efectos negativos en la sexualidad, en el desempeño sexual, las relaciones, salud mental y que lastima  relaciones sexuales saludables, intimidad y conexiones humanas. Como señala la Doctora Dines, “no puedes ser pro-porno y pro-sexo. Tienes que escoger uno”*
Algunas personas erróneamente creen que la pornografía son solo imágenes de cuerpos desnudos, o de adultos que consienten teniendo sexo. La realidad es bastante diferente, el porno está constantemente enviando mensajes acerca del poder entre hombres y mujeres, sexualiza la dominación y agresión masculinas y la subordinación de las mujeres. En vez de hacer el amor, Gail Dines sugiere que el porno es sobre hombres “haciendo el odio” a las mujeres. No es sexo, es explotación sexual. Como nuestra amiga One Angry Girl* dice, “comparar el porno con el sexo es como golpear a alguien con una sartén y decir que estas cocinando”
[Declaraciones hechas por pornógrafos, dejan claro que el placer de la mujer no es su objetivo, sino, el castigo. Lee lo que los pornografos realmente piensan de las mujeres aquí*]

“Las mujeres en la pornografía eligen  trabajar en la industria del sexo” 

Como la sobreviviente del tráfico sexual, Rachel Moran, señala “el concepto de elegir tiene su raíz en privilegio de una alternativa real. Cuando yo pienso en mis alternativas, eran simplemente estas: ten hombres arriba y dentro tuyo, o sigue sufriendo no tener hogar y pasar hambre. Ahora elige. Toma tu ‘decisión’ “.
Algunas mujeres entran voluntariamente a la industria. En ‘Getting Off: Pornography and The End of Masculinity’, el activista anti-porno Robert Jensen argumenta, “su elección es libre, en el sentido de que nadie las amenazó con hacerles daño directamente en caso de elegir otra cosa, pero no está echa bajo condiciones de completa libertad, dado su limitado poder en el sistema”.

Muchas sobrevivientes de la industria, sin embargo, señalan que más que ser una decisión, fue la falta de opciones lo que las llevó a elegir la industria del sexo, siendo las dificultades económicas un factor de fondo para muchas de ellas.
Otras mujeres describieron historias de abuso sexual infantil, y como ese abuso las amoldó y preparó para el comercio sexual -se les enseñó que sus cuerpos no eran suyos, sino de los hombres, para usar y disfrutarlos-, y también a disociarse durante ese abuso, una habilidad útil parar soportar el abuso pagado continuo de los compradores.
Otras mujeres señalan que creen haber elegido entrar a la industria del sexo, pero sin entender por completo a qué estaban pactando, o acordaron bajo ciertas condiciones que luego fueron violadas y se sintieron sin poder para objetar -por ejemplo los actores de porno de tortura del sitio Kink*:

“Las modelos estaban asustadas de que al expresar preocupación fuesen a perder sus trabajos. “Estas en una posición en que si no sigues las órdenes, vas a perder escenas” [Alexander] explica.

“…Concuerda con que el miedo de perder el trabajo es real. Las “listas negras” son reales”, dice. “Puede ser riesgoso hacer llamados de atención”.

“Aaliyah Avatari, que antiguamente participaba bajo el nombre Nikki Blue y famosamente perdió su virginidad durante una transmisión de Link en vivo en enero de 2011, dice que fue puesta en una lista negra luego de la escena. “Son muy minuciosos, si una modelo se queja mucho, no trabajarán con ella nunca más”.

“Me tomó meses sanar luego de perder mi virginidad” declara, “tuve que hacerme una cirugía vaginal reconstructiva. No hubo ninguna compensación por eso. Tuve suerte de tener seguro privado de salud en aquel entonces”.

Los defensores de la industria del sexo usualmente declaran que las mujeres eligen trabajar en pornografía y prostitución, que en vez de explotación, este es un asunto sobre la autonomía corporal de las mujeres, pero son reticentes a discutir las elecciones de los hombres que crean una demanda del abuso de mujeres en la industria.

“El porno puede jugar un rol positivo en la educación sexual”

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Dado el fácil acceso a la pornografía en línea y a la falta de otras alternativas apropiadas de educación sexual, el porno ha empezado a funcionar como una de las formas primarias de educación sexual para la juventud. Sin embargo el porno es una herramienta educativa muy pobre –“una distorsión de la sexualidad que se basa en el respeto”- según la doctora Abigail Bray y Melinda Tankard Reist, co editoras de ‘Big Porn Inc: Exposing the harms of global Pornography Industry’. 

El porno falla en promover sexo seguro, consentimiento, respeto o placer mutuo. En cambio, presenta a los hombres como dominantes y sexualmente agresivos, que tienen derecho a usar los cuerpos de las mujeres de cualquier forma que deseen. Las mujeres son presentadas como objetos sexuales que jamás dicen ‘no’ y que disfrutan con dolorosas, degradantes y crueles prácticas sexuales.
El porno le da a los hombres expectativas irrealistas al relacionarse sexualmente con mujeres. Un niño de quince años describe como el porno lo preparó para el fracaso [vídeo en el artículo original]:

“La primera vez que tuve sexo, como había visto tanto porno, pensé todas las chicas quieren esto, a todas les gusta aquello, todas lo quieren por aquí, lo aman ahí, así que traté todas esas cosas y terminó mal”

“Después de tener sexo por 20 minutos más o menos y decidí ir por sexo anal  [a ella] no le gustó eso! Lo saqué. Decidí que yo quería sexo oral, traté de que ella me lo chupara [a ella] no le gustó. Me vine sobre ella, [a ella] no le gustó”

El doctor Michael Flood señala que el porno es “educación sexista”, la pornografía influencia a la gente joven en la aceptación de “construcciones sobre el género y la sexualidad sexistas y estereotípicas” y de “el entendimiento sexualizado de comportamientos en mujeres y niñas”

“Si la pornografía nos hiciera saludables, ya estaríamos sanos” – Doctora Mary Anne Layden.

“El problema es que los niños tengan acceso al material para adultos”


Este dibujo, por Jacky Fleming, establece un gran punto [imagen en el artículo original: un hombre en traje le dice a una madre con su hijo “hemos acordado poner las revistas que degradan a las mujeres fuera del alcance de los niños”, la madre responde “genial, ¿alguna idea de cuántos años debería tener para poder ver imágenes que degraden a las mujeres?, ¿8?, ¿11?, ¿15?, ¿25?”

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“A las mujeres en el porno les gusta”


Puede ser incómodo para el consumidor regular de porno reconocer su papel en la perpetuación de la explotación de las mujeres en la pornografía. Por tanto, no es sorpresivo que sea preferible creer que las  mujeres en la industria disfrutan de actos sexuales doloroso, humillantes y degradantes, en vez de reconocer que ellos encuentran goce sexual en el tratamiento abusivo de las mujeres.

El estudio de Bridges* de 2010, descubrió que, al ser agredidos el 95% de los sujetos respondieron con expresiones de placer o neutrales. Esto no significa que actos de violencia tales como ahorcar o abofetear sean placenteras, pero sí refuerza lo que las mujeres en la industria del sexo saben -que sus trabajos dependen de dar la impresión de que disfrutan de actos de agresión practicados en su contra.

Ciertamente, los testimonios de actores retirados y vigentes de la pornografía no son pocos, referidos a la violencia, ETS y el trauma que soportaron en la industria. ¿Hay alguna otra industria en que esta manera de tratar a los trabajadores sea permitida?
[Lee aquí historias sobre la violencia, abuso y trauma vividas por actrices y actores porno*]

 “El porno ‘feminista’ o ‘ético’ es la solución”


Rechazamos la noción de que las mujeres puedan ser cosificadas, y sus cuerpos y sexualidad mercantilizados, de una buena manera, una forma que sea ética. La industria del porno está construida sobre violencia sexual, crueldad, humillación y brutalización de las mujeres, en pocas palabras, sobre el sufrimiento humano. La respuesta no es mejorar las condiciones de una industria así, sino abolirla.
La vasta mayoría del porno erotiza la inequidad y la violencia masculina en contra de las mujeres. El llamado porno “feminista” es estadísticamente irrelevante -pese a la discusión acerca de porno ético, no es el porno ético el que las personas están viendo, no es el porno “feminista” tampoco el que mantiene activa está industria de 200 billones.
El neurocientífico Ogi Ogas, respecto a la pornografía feminista*:

“Lo fascinante es que las mujeres comúnmente promueven la idea de porno feminista y socialmente quieren creérselo. Los activistas arguyen que tiene que existir más de él, las mujeres lo apoyan públicamente…pero a fin de cuentas, no es lo que les interesa mirar”.
Incluso si aceptáramos que existe algo cómo porno ético o feminista, su contenido es usualmente indistinguible del contenido del porno más popular. En un crítica al trabajo de Tristan Taormino*, un supuesto pornógrafo “feminista”, se hace notar que muestras de violencia en contra de las mujeres, tales como arcadas inducidas, ahorcamiento, bofetadas e insultos misóginos, eran igualmente prevalentes en su porno ‘feminista’ -“O es ético y honorable  ‘jugar con’ y promover dinámicas de humillación y violencia que terrorisan, lastiman y matan mujeres a diario, o no lo es”, concluyó el estudio*.
La investigadora australiana, doctora Megan Tyler le dijo a ABC,  que la noción de porno ético no es más que un punto de venta para la industria:

“Las aserciones sobre un porno ético, en este punto, son más bien propaganda de la industria que otra cosa y son -y serían con justa razón reconocidas en cualquier otro ámbito- como un lavado de imagen empresarial.
Es para un pequeño segmento de consumidores que quieren creer que su consumo de pornografía no es problemático y les gustaría pensar que lo que hacen es completamente diferente a lo que otros hacen, cuando en realidad todo alimenta la misma industria del comercio sexual.
Si existen consumidores realmente preocupados por las condiciones de quienes ejecutan el porno, sugiero dejar de ver pornografía”

POR CAITLIN ROPER

Traducción de: Maldita Feminista Radical 

Fuente: http://www.collectiveshout.org/whats_the_problem_with_porn_responding_to_common_pro_porn_arguments

Lo llaman fantasía… Andrea Dworkin


MÁS QUE HARTAS de oír la FALACIA “el porno es fantasía”. No, no es fantasía, y eso sin meternos a criticar el efecto nocivo que tiene sobre nosotras la representación y la violencia que se ejerce contra la mujer en la pornografía.

 

 

El ataque de la industria del sexo contra las feministas


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NEW WOMEN LIBERATION.   LA NUEVA LIBERACIÓN FEMENINA.

Truthdig.com
Traducido del inglés para Rebelión por Sara Plaza.
Los pornógrafos llevan mucho tiempo defendiendo como “libre expresión” los productos y prácticas de su extremadamente lucrativa industria, incluso cuando estos sexualizan el poder y la violencia de los hombres contra las mujeres. De modo parecido, quienes defienden la prostitución, a la que estratégicamente llaman “trabajo sexual”, plantean el movimiento a favor su legalización y normalización como liberador.
Pero estos grupos solo apoyan la libre expresión y las libertades en la medida en que sirven a sus intereses. Aquellos que se manifiestan contra la industria del sexo están excluidos de su versión de “libertad”.Tuvimos pruebas de ello en marzo, cuando varios lobbies de la prostitución amenazaron con boicotear una conferencia en Vancouver, Columbia Británica, que iba a contar con la presencia de Chris Hedges, destacado periodista y columnista de Truthdig, como ponente principal. Estos grupos de presión intentaron impedir su participación por haber escrito un artículo en el que definía la prostitución como “la quintaesencia del capitalismo global”, y lo habrían conseguido si no hubiera sido por la respuesta apasionada de grupos locales de mujeres.Las campañas de desprestigio contra las feministas y sus aliados que se atreven a decir la verdad sobre el poder y la violencia de los hombres no son algo nuevo. En los años noventa los pornógrafos lanzaron una campaña contra la profesora Catharine MacKinnon y la feminista Andrea Dworkin comparándolas con los nazis y acusándolas de suprimir la libre expresión cuando, en realidad, la ordenanza anti-pornografía que ellas habían redactado en Minneapolis en 1983 – definiendo la pornografía como una violación de los derechos civiles de las mujeres– no fue un intento de censurar la libre expresión sino de abordar el daño causado a las mujeres por la industria de la pornografía.Para atraer a los progresistas bienintencionados, se inventó un movimiento por los “derechos de las trabajadoras sexuales” en oposición a aquellas feministas que creían que la prostitución era la extensión y la perpetuación del poder y la violencia del hombre. El lobby de la prostitución adoptó el lenguaje del movimiento obrero para defender los derechos de los hombres a abrir burdeles y a comprar servicios sexuales de las mujeres, y también el lenguaje del movimiento feminista para plantear la prostitución como una elección de la mujer.

Estos grupos de presión tienen a los medios de comunicación de su parte, así como a los proxenetas y los puteros. De acuerdo a sus intereses capitalistas, los medios oficiales presentan la pornografía y la prostitución como iniciativas empresariales y, en consonancia con sus bases patriarcales, aceptan como norma la idea de los cuerpos de las mujeres como objetos consumibles.

En los últimos años la industria del sexo ha colaborado con los medios para descontextualizar completamente el sistema de la prostitución. Este enfoque neoliberal es parte de un esfuerzo constante para desarmar a los movimientos que desafían los sistemas de poder: si somos simplemente individuos que miran por su propio empoderamiento (empowerment) personal y, por lo tanto, los únicos responsables de nuestros propios “éxitos” y “fracasos”, entonces no hay necesidad de organizarse colectivamente. Y esto es precisamente lo que quería decir Margaret Thatcher al afirmar que no existe la sociedad, solo individuos que ante todo deben ocuparse de sí mismos.

Al plantear un sistema que canaliza a las mujeres –particularmente a las mujeres marginadas– hacia la prostitución no solo como una elección de las propias mujeres sino como potencialmente liberador, estos grupos consiguen ocultar el modo en que la pornografía sostiene el poder de los hombres, descargando la responsabilidad de la subordinación de las mujeres en las propias mujeres. Al señalar la presión social para la auto-objetivación como empoderamiento, se permite a la sociedad ignorar las razones por las que las mujeres buscan empoderarse a través de la sexualización y la mirada masculina. Al centrarnos en la capacidad de acción consciente (agency) de las mujeres, pasamos por alto el comportamiento de los hombres.

Lo que verdaderamente están defendiendo los grupos que piden hacer presión a favor de los “derechos de las trabajadoras sexuales” no son, desde luego, los derechos humanos de las mujeres sino los intereses económicos y sexuales de los hombres. Y por eso en el discurso se evita deliberadamente abordar el daño que causan estos hombres.

La campaña para presentar la presión a favor de la prostitución como un esfuerzo de base para ayudar a las mujeres marginadas ha sido todo un éxito. Al ignorar la dinámica de poder inherente a la compra por parte de un hombre de los servicios sexuales de una mujer, y llevar el debate hacia la elección de las mujeres, quienes podrían considerarse a sí mismas feministas se ven en una encrucijada: “¿Debo defender el derecho de las mujeres a elegir?” La respuesta obvia es sí. Pero esa pregunta es engañosa. La verdadera pregunta es: “¿Apoyo el derecho de las mujeres pobres y marginadas a tener una vida mejor que la que les ofrecen los hombres explotadores?”

Si bien el lenguaje manipulador diseñado para atraer a las masas liberales es una parte fundamental de la iniciativa para despenalizar a los proxenetas y a los puteros, otro componente clave es la fácil derrota de las feministas que desafían ese discurso.

Los defensores de esa industria no se detendrán ante nada para silenciar las voces de quienes se pronuncien en contra de sus intereses. Tachadas de mojigatas, conservadoras religiosas, opresoras y fanáticas, la guerra contra estas feministas culminó recientemente en el intento generalizado de impedir que quienes disienten de su proyecto tengan acceso a plataformas desde las que expresar sus puntos de vista.

Cuando hace un año la periodista sueca Kajsa Ekis Ekman iba a presentar en Londres su libro “Being and Being Bought: Prostitution, Surrogacy and the Split Self” [“El ser y la mercancía: prostitución, vientres de alquiler y disociación”], la librería que organizaba el acto fue amenazada con boicots.

El clima actual en el feminismo anglosajón es el que apoya la caza de brujas, me dijo Ekman. Esa caza de brujas comienza con “campañas difamatorias, parece que viene ‘de abajo’, y sobre las feministas famosas dice que están obnubiladas por el poder tildándolas de elitistas, ‘cis-sexistas’, racistas y ‘putafóbicas'”, explicó. “Luego lleva adelante auténticas campañas de silenciamiento, amenazas de boicot, demandas, y aislamiento de cualquiera que se ponga del lado de las feministas y, por asociación, del lado de la culpa”.

En el año 2003, Melissa Farley, una psicóloga clínica y fundadora de la organización sin ánimo de lucro Prostitution Research and Education, dirigió una investigación en Nueva Zelanda sobre la violencia y los trastornos de estrés postraumático en personas prostituidas, y después tuvo que declarar ante el Parlamento de aquel país por las entrevistas que había realizado. Un defensor de la prostitución neozelandés que estaba en desacuerdo con su investigación presentó una queja contra ella ante la Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés). La queja fue ignorada por la APA y no fue tenida en cuenta por sus colegas, pero ellobby de la prostitución la presenta como legítima y la utiliza como excusa para presionar a otros para que descarten su exhaustiva e iluminadora investigación.

Julie Bindel, periodista feminista que lleva años informando sobre el comercio sexual mundial, ha revelado que el Sindicato Internacional de Trabajadoras del Sexo en Gran Bretaña era poco más que un portavoz de los proxenetas y los dueños de burdeles. También ha estado informando sobre los importantes fallos de la legalización de la prostitución en Amsterdam. En marzo, después de las quejas emitidas por los grupos de presión a favor de la prostitución, su nombre fue retirado de un panel de discusión de una película estadounidense sobre prostitución.

Las supervivientes de la prostitución también se ven enfrentadas a una campaña de silenciamiento. Bridget Perrier, educadora indígena y co-fundadora de la organización Sextrade101 de supervivientes del comercio sexual y abolicionistas con sede en Toronto, explicó que los esfuerzos del lobby a favor de la prostitución se centran en invalidar las experiencias de las mujeres que han abandonado el negocio, a menudo poniendo en duda sus historias.

Rachel Moran sobrevivió siete años a la explotación sexual en Irlanda y ha publicado un libro sobre sus experiencias, en el que aborda muchos de los mitos y las mentiras que ha perpetuado el lobby del trabajo sexual. Por su delito –contar la verdad– ha sido objeto de acoso continuo y acusada en más de una ocasión de inventarse su historia.

“He sido difamada, calumniada, amenazada, atacada físicamente y gritada”, me dijo Moran. “Mi dirección postal, los detalles de mi cuenta bancaria y mi dirección de correo electrónico personal han estando circulando entre las personas aparentemente más desequilibradas, las cuales me han tuiteado partes de mi dirección postal con ese estilo claramente amenazante del tipo ‘sabemos donde encontrarte'”.

Y añadió: “Sistemáticamente se alega que yo nunca estuve en la prostitución, aunque los registros que prueban que lo estuve están en manos de los servicios sociales irlandeses y del Juzgado de Distrito de Dublín de Menores”.

Negar verdades que podrían perjudicar el intento de presentar una versión expurgada de la industria del sexo, que vende la prostitución como “simplemente un trabajo como cualquier otro”, es un elemento clave de la campaña a favor de su legalización.

Moran me contó que le había impactado muchísimo la falta de compasión que mostraron hacia ella los defensores del negocio del sexo que aseguran tener un interés particular en la seguridad de las mujeres. “Sencillamente les importa un bledo estar llevando a cabo una campaña deliberada y organizada de intimidación contra una mujer que fue sistemáticamente abusada sexualmente por hombres adultos desde los quince años”, manifestó. “Mis verdades no les gustan, por eso hay que silenciarlas”.

Desesperados, sin ser capaces y sin estar dispuestos a responder a los argumentos feministas y socialistas básicos contra el negocio del sexo –a saber, que se ha levantado sobre la base del poder del hombre y del capitalismo, perpetuando ideas misóginas sobre las “necesidades” del hombre y los cuerpos de las mujeres como los objetos para satisfacer esos deseos socializados– sus lobbies recurren a las mentiras y a la calumnia.

Estos grupos intentan hacer pasar las campañas difamatorias por “crítica”, pero son cualquier cosa meno eso, señaló Ekman, la periodista sueca. “Lo que está ocurriendo no tiene nada que ver con la crítica. Recuerda más bien a una revolución cultural maoísta a gran escala”.

“Si eres una destacada feminista, no te escaparás”, continuó. “Si todavía no te han atacado lo harán, o no eres lo suficientemente peligrosa”.

Llevo años escribiendo sobre la industria del sexo y la legislación de la prostitución en Canadá. Los ataques contra mi persona y mi trabajo han sido implacables. En las últimas semanas varios grupos de presión canadienses a favor de este negocio organizaron una importante campaña difamatoria en línea, tachando los argumentos contra la objetivación, explotación y abuso de las mujeres de “fanatismo”, distorsionando intencionalmente mi trabajo y mis opiniones hasta volverlos irreconocibles.

Las acusaciones absurdas e infundadas lanzadas contra mí –”transfóbica”, “putafóbica”, racista y demás–reproducen las utilizadas contra todas las mujeres que desafían el statu quo en este sentido. La intención no es hacer justicia, sino calumniar a las feministas para que sus argumentos puedan ignorarse y descartarse, y también acosar a otros hasta que hagan lo mismo. La única cosa que nunca mencionan es la verdad.

La mujeres que se prostituyen tienen 18 veces más probabilidades de ser asesinadas que la población en general, y los hombres responsables tienen muchas menos probabilidades de ser condenados cuando se trata de una prostituta. En Canadá las mujeres indígenas están sobrerrepresentadas en la prostitución y, en general, sufrenmayores niveles de violencia que las mujeres no-indígenas. La legalización ha demostrado no ser una solución para la explotación, la violencia y el abuso.

Estos individuos y grupos cooptan las luchas de las personas marginadas para defender una industria multimillonaria que cada año se cobra la vida y la humanidad de miles de mujeres y niñas en todo el mundo. Para impedir que quienes manifiestan su desacuerdo amenacen sus intereses con palabras y argumentos, recurren a tácticas poco limpias para silenciar a escritoras y periodistas feministas independientes. Identifican nuestras palabras como “violencia” pero no hacen nada para luchar contra los responsables de la violencia real. Estos grupos nunca han participado en ninguna campaña pública contra un maltratador, nunca han presentado una demanda solicitando el despido de un putero violento, nunca han llamado “fanáticos” a quienes fuerzan a las niñas a prostituirse en burdeles o en las calles. Sus objetivos no son el capitalismo corporativo o los traficantes de sexo, tampoco los reyes del porno o los dueños de los burdeles maltratadores. No. Sus objetivos son las feministas.

En su ensayo “Liberalism and the Death of Feminism” [“Liberalismo y la muerte del feminismo”], MacKinnon escribió que “una vez hubo un movimiento feminista”: un movimiento que entendió que criticar prácticas tales como la violación, el incesto, la prostitución y el abuso no era lo mismo que criticar a las víctimas de esas prácticas. “Era un movimiento que sabía [que] cuando las condiciones materiales descartan el 99% de tus opciones, no tiene sentido llamar al 1% restante –lo que haces– tu elección”. Escribió estas palabras hace 25 años y aún seguimos librando las mismas batallas. Pronunciarse hoy contra los sistemas patriarcales significa que tu medio de vida se verá amenazado, así como tu credibilidad y tu libertad para hablar.

No puedes pretender ser progresista y manifestarte en contra de la democracia. No puedes pretender ser feminista y apoyar el silenciamiento de las mujeres. Este nuevo macartismo no nos liberará. Nos deja en manos de quienes quieren nuestra desaparición.

Meghan Murphy es una escritora y periodista de Vancouver, Columbia Británica. Su página web es Feminist Current.

Fuente: http://www.truthdig.com/report/page3/the_sex_industrys_attack_on_feminists_20150529

Russell Brand habla sobre sexo, porno y la cultura hipersexualizada


“Hombres, mujeres y niños”, una película sobre el impacto de la pornografía en la infancia y las relaciones.


Se trata de una historia que investiga el efecto de Internet y el porno sobre un grupo de estudiantes de secundaria y también sobre sus padres. Muestra cómo Internet y las nuevas tecnologías han cambiado drásticamente la forma de relacionarse de la gente. Pornografía, blogs y redes sociales serán al mismo tiempo válvula de escape y causa de conflicto dentro de las relaciones y la familia. También toca la problemática de como el porno está causando en los hombres impotencia y problemas de erección a la hora de tener relaciones sexuales reales, incluso en chicos muy jóvenes.

Cada vez más hombres prefieren masturbarse frente a una pantalla a tener relaciones con sus parejas


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Según diversos estudios realizados en las consultas de psicólogos/as alrededor de todo el mundo, no deja de aumentar el número de hombres que relegan sus relaciones por fantasías sexistas, que prefieren una pantalla llena de trozos operados y retocados de mujeres, a compartir momentos de placer, conexión e intimidad con la persona real a la que dicen amar.

La mayoría lo oculta, y encima, cuando son descubiertos, las culpan a ellas, por no entender que se metan en una relación cuando en realidad prefieren masturbarse compulsivamente con barbies de silicona, que no dejan de ser víctimas de nuestra cultura machista, esculpidas a medida a golpe de bisturí según los dictados del patriarcado.

Y ya ni siquiera necesitan ver porno, basta con poner el telediario o cualquier programa de sobremesa, porque ese se ha convertido en el único tipo de mujer permitido en los medios. Sólo mujeres aptas para salir en revistas de hombres que cosifican mujeres. Y voilá, casi todas entran por el aro, basta con teclear sus nombres en google para encontrar sus fotos porno-chic esparcidas por toda la red.

Cada vez es mayor el número de hombres, incluso muy jóvenes, que han llegado al punto de ser incapaces de mantener o tener erecciones sin recurrir a esos contenidos, ya sea a través de una pantalla o reponiéndolos en sus propias cabezas. Pueden estar con una pareja sexual, e incluso en esa situación, son incapaces de estar ahí, de disfrutar del momento y la persona que tienen delante, su cabeza está en otro lado.

Muchas de las parejas de esos hombres, a parte de perder totalmente la autoestima y el amor propio que les quedaba, llegan a entrar en un quirófano para parecerse a eso con lo que su novio fantasea, pensando que así pararán. Pero no, porque el problema no está en los cuerpos de ellas, sino en las cabezas de ellos.

Este es un tema tabú, algo de lo que nadie habla, y mucho menos las mujeres, porque es que además no se les permite, se las acalla con toda suerte de micromachismos. Esta es la triste realidad que sufren millones de mujeres que tienen la mala suerte de compartir su vida con machistas insensibles adictos a contenidos sexistas, obsesionados con las mujeres-objeto de plástico y silicona que nos vende el patriarcado. Que desgraciadamente, son la mayoría. Y cada vez son más los hombres que ejercen así su masculinidad, es uno más de sus privilegios patriarcales, y pobre de la que diga algo en contra, porque el chantaje emocional y la culpabilización no tendrá límite. La mayoría de mujeres en relaciones heterosexuales están obligadas a tragar con todo esto sin rechistar.

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Es de tal calado el problema, que en algunos países como Japón o el Reino Unido, aunque no son los únicos, han saltado las alarmas debido a la insatisfacción sexual creciente, los problemas sexuales y psicológicos derivados como la impotencia en ellos, y la falta de autoestima en ellas, se ha disparado al tiempo que disminuye la frecuencia de relaciones sexuales en pareja, afectando incluso a la natalidad, todo debido a esos estereotipos imposibles impuestos. Y la realidad no es que en el resto de países nos libremos, lo mismo está ocurriendo en casi todos lados, lo que no todos los países hacen estudios, porque no interesa.

El sexismo se ha convertido en un mercado al por mayor de insatisfacción e infelicidad sin límites muy lucrativo para unos pocos. Una fábrica de onanistas, de yonkies del sexo enlatado y la misoginia.

Y lo peor es que aún no hemos visto lo peor, lo que ocurrirá con las nuevas generaciones que están mamando esta deshumanización, esta falta total de valores y respeto hacia las mujeres desde la cuna, esos que ya ven a las mujeres como objetos y ven porno duro desde antes incluso de los 8 años.

Aún así, vivimos en esta sociedad que nos ha tocado de la que no podemos escapar, pero no podemos más que preguntarnos ¿por qué complicar las cosas con lo simple que podría ser todo? Si te gusta todo ese sexismo y esa forma de vivir el sexo, sencillamente busca una pareja que comparta tus gustos, lo tienes fácil, sois la mayoría. Y si no, quédate con tu pantalla del ordenador y tu caja de clinex, en lugar de juntarte con alguien que no quiere tener nada que ver ni con la pornografía, ni con el sexismo ni con una forma de vivir la sexualidad machista y compulsiva, para luego hacer todo lo anterior y ocultárselo, porque estás atentando contra la libertad de elección y la salud mental de la otra persona.

Si viviéramos con honestidad independientemente de cuales sean nuestros valores, ideales o gustos sexuales no habría ni que discutir o hablar de estos asuntos, pero no es así, la mayoría calla, oculta y si sale a la luz, miente, niega, ataca y manipula.

Desde aquí defendemos la libertad sexual total, pero hacer lo de arriba es coartar la libertad sexual de quienes no quieren vivir según los mandatos de la sexualidad patriarcal y capitalista imperante.  Insistimos en que no se les pide que dejen de hacer lo que hacen, sino que respeten que haya gente que no quiera vivir con eso en sus vidas ni con las personas que ejercen así su sexualidad, que las dejen en paz.

Con estas letras no se pretende coartar la libertad ni la sexualidad de nadie, así que se pueden ahorrar los insultos machistas de quienes defienden sus privilegios de cosificar sexualmente a otros seres humanos (casi siempre seres humanas) cuando siente peligrar dichos privilegios, tipo “puritana/o”, “anti sexo”, etc.

Ellos, que presumen de libres y liberales son los que no respetan que haya personas no católicas ni religiosas que no quieran en sus vidas ni pornografía ni sexismo, no respetan ni entienden que haya gente a la que le encanta el sexo pero no cosificando al otro, no pasando por encima de la dignidad y los deseos del otro, que es lo que hacen la mayor parte de los medios y la pornografía. Insultan y llaman puritanos a quienes quieren sexo de calidad, sexo con intimidad, sexo con complicidad, con conexión, con emociones, con igualdad, sin toda esa basura sexista, a quienes quieren usar su propia creatividad e imaginación, sin estereotipos ni adoctrinamiento, que lo que desean es más educación sexual y menos cosificación e hipersexualización  mediática, a quienes quieren construir su propia película en su intimidad, su propia sexualidad al margen del machismo, del patriarcado, del sexismo mediático y de la pornografía.

A ver si les queda claro de una vez que que odies la comida basura, no significa que no te encante comer, que odies el porno y el sexismo no significa que no te guste disfrutar al máximo del sexo.

Con respecto a esto, Gloria Steinem da en el clavo con esta reflexión: “Hacer a las mujeres parecer anti-sexo o aburridas si queremos el derecho de ser sexuales sin ser humilladas ni heridas, y hacer parecer a los hombres débiles o impotentes si prefieren la cooperación a la dominación, es claramente una táctica de aislamiento contra cualquiera que intente separar la sexualidad de la violencia y la dominación- que es un reto a la dominación masculina en toda regla.”

En resumen, que cada cual haga y viva como le de la gana mientras no atente contra la dignidad, la libertad y los derechos de nadie, que respeten y dejen en paz a quienes quieren vivir el sexo y sus relaciones de pareja de otras maneras no sexistas ni patriarcales. Y eso sólo se logra siendo sinceros desde el comienzo de las relaciones. ¿Empezamos?

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Artículo relacionado de Psychology Today:

“Expertos apuntan a los estereotipos imposibles de belleza como causa del incremento de casos de impotencia, disminución de la libido, insatisfacción sexual y problemas de pareja”

“La adicción a contenidos pornográficos y sexistas entre las principales causas de divorcios y rupturas de pareja según psicólogos y abogados matrimonialistas”

Reino Unido pierde la libido, según revela encuesta sobre sexo


En el Reino Unido está ocurriendo ya lo que lleva años sucediendo en Japón que los expertos relacionan con una sociedad hipersexualizada y estereotipada y con el bombardeo continuo que sufrimos desde la infancia tanto a través del porno como del resto de medios de ideales imposibles físicos, ya sean animados o esculpidos a base se bisturí, así como ideales performativos en el sexo; resistencia sexual, erección continua, expectativas de que la vida real sea como la mentira fingida de la pornografía, de que sus parejas mujeres en la vida real se dejen humillar, someter sexualmente a todos sus antojos como ocurre en el porno…

Muchos expertos llevan años advirtiendo de que la pornografía está causando impotencia en muchos hombres, y como decimos no solo el porno sino ideal único e imposible de belleza (especialmente el de mujer) que fomentan absolutamente todos los medios desde el telediario al cine, que hace que los críos aprendan a excitarse solo con un modelo imposible de mujer esculpido a base de Photoshop y cirugía estética y que las crías odien sus cuerpos y se sientan inseguras, y por tanto disfruten menos del sexo. Ya hay numerosos estudios que demuestran que muchos hombres prefieren masturbarse con porno y recurrir a mujeres prostituidas que encajen en estos ideales físicos y de sometimiento sexual a la vida real, las relaciones igualitarias, que requieran un mínimo esfuerzo y un feedback sexual. En resumen, que las mujeres reales (no operadas o que no encajan en el cánon único de belleza 90-60-90), que demanden respeto y satisfacción sexual mutua ya no logran excitarles.

Encuesta sobre conductas sexuales en el Reino Unido muestra una bajada de la libido y del número de relaciones sexuales, así como un incremento de la insatisfacción sexual:

British sex survey 2014:

http://www.theguardian.com/lifeandstyle/2014/sep/28/british-sex-survey-2014-nation-lost-sexual-swagger

Not tonight, darling: why is Britain having less sex?

http://www.theguardian.com/lifeandstyle/2014/sep/28/-sp-not-tonight-darling-why-britain-having-less-sex

Hipersexualización: El control social a través del sexo


Parece que Iker ha cogido nuestro blog para inspirarse en su próximo programa ;), trata prácticamente todos los temas que hemos abordado hasta ahora.

Sin título

Programa completo: “Hipersexualización en la sociedad”.

Aquí el texto de la introducción de abajo en voz.

En este programa de ‘Cuarto Milenio’ hablamos de sexo. Ustedes imagino que no impresionan ante nada. Además están muy acostumbrados a que cualquier programa sea de cocina o de mecánica, o cualquier elemento de nuestra sociedad esté bañado de sexo. Por tanto espero que no haya ninguna voz de sorpresa. Ahora bien, nosotros vamos a hablar de sexo y ustedes dirán “lo que hay que hacer para conseguir audiencia”. Que es lo que muchas veces se hace. Vamos a hacerlo al revés, espero que no perdamos audiencia. Porque creo que ir a contracorriente en este asunto es muy interesante. Nuestro compromiso siempre es mostrarles a ustedes una versión que no es la oficial. Una versión que seguramente no cuente con mucha simpatía, ¿Por qué? Está bien hablar de las clásicas conspiraciones, que en el fondo podemos ver con cierta lejanía. Yo lo he comentado alguna vez en esta mesa. Hay algunas conspiraciones que son las profundas y globales. Las que nos irradian con tal potencia que es muy difícil cuestionarlas. Incluso los que van por la vida de críticos, hasta ellos pueden protestar por el programa de la semana que viene. Dirán que esto no es ninguna conspiración, que es natural. Allí es cuando empieza la conspiración. Cuando nos han convencido completamente de que lo natural es lo antinatural.

¿Cómo abordaremos esto? Quiero darles unas mínimas pautas por si quieren pasar esa noche con nosotros. A un nivel parecido a cuando hicimos la conspiración de educación. No creo que recibamos el mismo eco. El tema es diferente. A mí me sorprendió mucho. Y seguimos recibiendo emails de profesores de todo el mundo que nos animaban en ese cometido. Esto es mucho más delicado porque el sexo es una de las fuerzas primigenias del ser humano. Quizá una de las más poderosas. El sexo y la violencia se han empleado durante siglos para dominar a la masa. El control social a través del sexo es un hecho que conocen muy bien personas que nosotros no conocemos, y que habitualmente diseñan cómo va a ser el futuro. Es tan entretenido para todos nosotros que es muy difícil ver aquí una conspiración.

¿Qué pasa con la hipersexualización de la sociedad? Seguramente muchos estarán pensando que de qué voy. Pero no lo digo yo. Nos vamos a hacer eco de estudios de diferentes países del mundo que son realmente aterradores. Para ver si ustedes están de acuerdo o no. Y, por lo menos, para lanzar una especie de bola cósmica que nadie o casi nadie comenta. Les voy a dar algunos datos a ver qué les parecen. Para que valoren si merece la pena abordar este asunto en ‘Cuarto Milenio’ casi como fin de temporada.

Un último estudio internacional asegura que los niños de 10 años entre las seis palabras que más consultan están pornografía y sexo. Sexo no sería malo. Yo pienso que todos hemos tenido un interés y es algo humano. Pero pornografía es una cosa más turbia. Aunque en los últimos tiempos nos intentan meter a hombres y mujeres que es algo normal. Los grandes éxitos y la forma de relacionarse tiene que ser muy hipersexualizada. ¿Esto indica algo? Puede que haya poderes concretos que hacen que esto sea así. Es difícil la cuestión. Les daré otro dato. La industria pornográfica genera más dinero que Google, Yahoo, Youtube y todas las grandes empresas juntas. Es el negocio más boyante. Pero ya no hablamos de la pornografía que incluso nosotros o mi generación podíamos consultar. Hablamos que según los estudiosos se está produciendo un cambio neurológico. Se comenta que el último estudio con miles de muestras, indica que las personas que consumen diariamente pornografía tienen una disminución en la creación de masa gris. Hay estudios que hablan de la relación de las violaciones masivas en la India, y el contenido en los móviles de las personas que habían cometido esas violaciones. Es arriesgadísimo e injusto decir que por que alguien vea pornografía después puede cometer una violación.

De lo que hablan algunos expertos es de la terrible, delgada y tabú historia que no se puede comentar de las personas que están en un límite y lo que provoca en ellos cierto tipo de imágenes. Porque yo no soy ningún experto pero analizando con los expertos hemos visto que el cambio en los últimos años ha sido tremendo. Hemos ido hacia una pornografía más degradante donde la mujer se emplea más todavía como un objeto con cierta violencia y agresividad. Los que saben de eso aseguran que lo que triunfa es eso. Ese arquetipo global. La mujer es un complemento. Y pobre de la mujer que no se someta a ese tipo de prácticas para ser reconocida. El éxito de cierto tipo de literatura y de ciertas conductas las pone como objeto decorativo e incluso a merced del sadismo con las gracias del amante de turno. Para muchos es irritante. ¿Qué habrá de verdad? Les daré más datos. Aseguran informes concretos de neurólogos que cuando un joven ve por accidente o queriendo temas pornográficos, no son para nada los que podían ver hace 15 o 20 años. Son imágenes de un contenido bastante humillante, degradante y violento. Eso puede generar unos daños neurológicos o una forma de relacionarse diferente.

Les daré otro dato. En Japón, que es la industria del porno más poderosa del mundo, ocurre que es el país con menos relaciones sexuales del mundo. Las personas se están acostumbrando a la demanda del sexo virtual. Como han visto tal cantidad de cosas, algunas muy bárbaras, ya no disfrutan de la pareja normal. Lo que exigen es ese nivel de dopamina. La dopamina se convierte en una prácticamente una droga. Si uno ha acostumbrado a su cerebro a ese contenido humillante, degradante, vejatorio donde la persona casi parece que sufre, genera unos cambios. Creo que hay un tema de máxima actualidad y que muchos piensan que es una forma de manejar a la masa y de aborregarla. De convertirnos en los zombis definitivos. La desensibilización. Ver al otro sexo como un puro objeto para satisfacer nuestros deseos más íntimos y primarios. Además, desgajados de cualquier afectividad. A eso hemos llegado. Y esto lo hemos asumido con total naturalidad y estamos bombardeados de sexo constantemente. El sexo es positivo, es sano y bueno, pero algo ha cambiado. ¿Quién está interesado y por qué en que estemos atados a lo más primitivo? Dice mi compañero Santiago Camacho que hemos pasado de la prohibición a la obligación. Ambas cosas, como los extremos, no deben ser muy buenas. No es muy natural lo que está pasando. Como ustedes saben, esto no le interesará a nadie. Nosotros, por mucho que nos critiquen, vamos a hablar del tema porque es sumamente interesante. ¿Qué les parece el reto, se atreven? Hasta dentro de siete días amigos…

Porno en el cerebro. Documental de la BBC



Estudio de Cambridge convertido en documental para la BBC confirma los peligros de la pornografía y sus efectos, especialmente dañinos en niños y adolescentes. Los menores conforman ya más de la mitad de los consumidores del porno actual, entre los cuales se han multiplicado las agresiones sexuales en los últimos años. Vivimos en un tiempo donde el porno y la violencia sexual en tv, que antes era accesible solo para adultos, inunda ahora la cultura pop y la publicidad sin restricciones para los menores. Éstos tienen acceso libre al porno más duro y violento, y a contenido inapropiado para su edad las 24h a través de Internet, desde sus pc’s y especialmente desde sus móviles. La pornografía se ha convertido en educadora afectivo sexual de una sociedad donde existe nula educación sexual para contrarestar la violencia y el machismo que nos vende. Estas son algunas de sus consecuencias.

Otro de los datos que aporta el estudio es que las personas que son adictas a la pornografía muestran una actividad cerebral parecida a la de los alcohólicos o drogadictos, según un nuevo estudio de la científica en neurociencia, Dra. Valerie Voon, de la Universidad de Cambridge. Los hallazgos del estudio se presentaron en el Canal 4 británico, en un documental para la televisión titulado “Porno en el cerebro”, que se transmitió el pasado 30 de septiembre.

La Dra. Valerie Voon, que se especializa en estudios sobre adicciones, examinó la actividad cerebral de diecinueve usuarios con un muy alto grado de adicción de la pornografía frente a un grupo de control que no eran consumidores compulsivos. Al mostrar imágenes pornográficas, el centro de recompensa del cerebro de los voluntarios normales apenas reaccionó, pero el de los usuarios compulsivos respondió con fuerza, mostrando claras semejanzas con aquellos que sufren adicciones a sustancias.

Martin Daubney, ex director de una revista que publica desnudos y fotos eróticas, y a quien le encargaron ser el presentador y parte de la investigación de este documental, comentó su experiencia en el periódico británico Daily Mail.

Daubney, quien ha defendido la pornografía en el pasado, diciendo que era nuestra libertad de elección optar verla y que en realidad podría ayudar a aumentar las relaciones sexuales de adultos, dice que durante la producción de “Porno en el cerebro”, ha cambiado su opinión para siempre. En su artículo de opinión, hizo un llamado de acción a los padres, e incluyó que dejar que los niños estén expuestos a la pornografía libremente era como “dejar heroína por toda la casa, o repartir vodka en las puertas de la escuela, además de aumentar la violencia machista y poner en riesgo la integridad física y sexual de las niñas al enseñar a los niños a obtener excitación con la violencia ejercida sobre éstas”.